Ya sabe por qué está acá. También sabe que no está obligado a decirme nada. Pero le advierto que, si no coopera, las cosas se pondrán muy feas para usted. No es una amenaza, es una realidad.
Juan Valdez mira con desafío al teniente de la Guardia Civil Ramírez que se encontraba sentado frente a él al otro lado de la mesa. Tiene el rostro surcado de cicatrices y los ojos llenos de odio. Se ve claramente que no le importa lo que le pueda pasar. Ha vivido toda su vida al margen de la ley, robando, matando, traficando. Es uno de los líderes de la banda más peligrosa de la ciudad.
Por su parte el oficial era un experto interrogador, buen conocedor de todas las técnicas psicológicas para obtener la confesión de cualquier detenido.
– No tengo nada que decirte, picoleto de mierda – escupe Valdez con desprecio, marcando despacio el mote con el que se conoce a los guardias civiles y que hace alusión a los picos del tricornio de su uniforme al principio de su fundación.
– Como quieras – dijo con calma el teniente -. Pero que sepas que tenemos pruebas suficientes para condenarte por varios delitos graves. Entre ellos, el asesinato del juez Martínez.
El hombre se tensa. El agente observa que ha dado en el clavo, ve un destello de miedo en sus ojos. Ese crimen fue un acto de venganza por una sentencia desfavorable contra uno de sus cómplices. Pero fue un error fatal, ya que el juez Martínez era un hombre respetado e influyente y su muerte provocó una reacción en cadena que llevó a la Guardia Civil a descubrir la red de corrupción y violencia que tejía ese hombre.
– ¿Qué sabes tú de eso? – preguntó Valdez con voz temblorosa. –
– Lo sé todo – dijo con firmeza -. Sé que fuiste el que disparó personalmente al juez los dos tiros en la cabeza que acabaron con su vida mientras repostaba combustible en su vehículo.
– No te creo ¿Cómo sabes eso?
– Entre otras pruebas, con la declaración firmada de uno de tus lugartenientes: “Patachula”.
– Ese hijo de puta…. es hombre muerto- masculló entre dientes en voz baja, pero perfectamente comprensible para los presentes.
– Ni lo sueñes, porque lo tenemos como testigo protegido viviendo en un lugar donde jamás lo vais a encontrar. Además, no vas a salir de prisión en tu vida, porque te va a caer prisión permanente revisable. Te vas a pudrir en el talego.
Valdez palidece. Sabe que está atrapado, que no tiene escapatoria.
– ¿Y qué quieres de mí? – pregunta él con resignación.
– Quiero que me digas quienes forman parte de tu banda. Quiero que me digas quiénes son tus socios, tus proveedores, tus clientes. Quiero que me digas TODO sobre tu organización criminal.
El hombre guarda silencio. Parece estar pensando. Tal vez esté evaluando sus opciones. Tal vez esté buscando una salida.
– Todo lo que dices es un puto farol, así que no pienso decirte nada.
– Perfecto. Devuélvanlo a su celda, ordena el teniente a dos agentes, no sin antes decirle: – Ah, por cierto, aparte de la declaración de Patachula, tenemos la grabación de una cámara donde se ve nítidamente como aprietas el gatillo de la pistola asesinando al Juez Martínez. Solo a un sobrado como tú se le ocurre cometer un asesinato en una gasolinera llena de cámaras.
En ese momento la cara de Juan Valdez, al sentirse atrapado, era todo un poema, siendo obligado a empellones a trasladarse a su celda profiriendo insultos sin parar contra todo el mundo.
Estuvo toda la noche sin dormir, quejándose de su suerte por la traición de su hombre de confianza, perjurando que le daría matarile en cuanto pudiera. A medida que avanzaba la noche sopesó la posibilidad de declarar, si tenían cogido a Patachula, que los demás hablaran era cuestión de tiempo. Y luego estaba el tema de las cámaras de la gasolinera.
– Precisamente tuve que mandar al más idiota a comprobar el lugar donde pensaban asesinar al juez. El muy imbécil nos aseguró que no había ninguna. Maldita sea mi mala suerte – pensaba para sus adentros.
Al final llegó a la conclusión que no iba a ser él quien se comiera todo el marrón, así que decidió hacer un trato con el teniente, por lo que, a la mañana siguiente, cuando le llevaron el desayuno, pidió hablar de nuevo con el oficial.
– ¿Qué, te lo has pensado mejor?, le espetó el teniente Ramírez en la sala de interrogatorios.
– A ver, ¿yo que gano si me convierto en chivato? ¿Cómo me vais a proteger si canto, porque en cuanto se enteren, seré hombre muerto?
– Mira Juan, si declaras y nos ayudas a desmantelar tu banda criminal y a esclarecer todos los delitos que habéis cometido, será considerado como atenuante y en vez de prisión permanente revisable, el juez te condenara como mucho a 30 años de privación de libertad, que si luego tienes buena conducta y trabajas o estudias en la cárcel, no serán más de 15.
El hombre mira fijamente a su interrogador que ve en sus ojos un destello de decisión.
– Está bien . Le diré lo que quiere saber. Pero con una condición.
– ¿Qué condición?
– Que todo lo que le cuente se mantenga en secreto.
– A ver, todo lo que cuentes de cuestiones internas de tu organización te aseguro que así será, pero lo que declares sobre la implicación de otras personas en hechos delictivos va a ser imposible, no obstante, hablaré con el Juez que lleva el caso para que lo tenga en cuenta y te mande a una cárcel de confianza donde estés aislado del resto de reclusos.
– Vale, me fio de ti, picoleto.
– Entonces vamos a tomarte declaración. ¿Quieres que llamemos a algún abogado o te vale con uno de oficio?
– Con uno de oficio me vale, todos esos chupatintas son iguales, no valen ni para tomar por el culo.
Después de varias horas, la declaración quedó concluida y firmada por todos los presentes. Mientras Juan Valdez volvía a los calabozos, el teniente Ramírez esbozó una sonrisa de oreja a oreja. Una vez más había conseguido su objetivo.
Ni tenía la confesión de Patachula, ni existía grabación alguna del asesinato del juez.