Control de los pensamientos negativos

Introducción

En varios de los escritos anteriores se hace referencia lo dañino que pueden ser los pensamientos negativos. Es más importante de lo que parece, pensar correctamente es la llave de llevar una vida saludable.

Quien no es capaz de controlar los pensamientos negativos, todos los esfuerzos que haga para ser feliz no servirán para nada. Por eso me extenderé un poco más en explicar el mecanismo que se produce en nuestra mente en su fabricación y la pauta para fiscalizarlos.

 

La fábrica de pensamientos y su influencia en nuestra salud

Si no cuidamos nuestros pensamientos y procesos mentales, la bioquímica de nuestro organismo sencillamente seguirá un patrón equivocado y nos inundará de toxinas que no juegan a nuestro favor, sino que nos debilitan, primero emocionalmente y después orgánicamente.

A menudo leemos en libros de autoayuda o autoconocimiento que los pensamientos de carga negativa o destructiva afectan a la salud y pueden crear enfermedades. Que cuidar nuestros pensamientos puede tener una incidencia directa en nuestra salud, como poco.

Este tipo de aseveraciones, así tan resumidas (porque la industria editorial de hoy en día parece premiar los libros comerciales y resumidos, frente a los detallados y más técnicos) son una realidad. El problema es que no se explica el proceso por el cual el pensamiento de las personas se convierte directamente en parte de su salud, creando enfermedades y patologías o produciendo todo lo contrario: mejoría y curaciones.

Intentaré resumir lo que muchos de esos documentales y libros no hacen: explicar cómo funciona y de qué manera opera el proceso bioquímico completo por el cual nuestros pensamientos afectan directamente a nuestra salud tanto para bien como para mal.

Porque creemos que todo lo que se explica es fácilmente comprensible, mientras que lo que no se explica pasa a formar parte de la creencia. O se cree o no… pero no se comprende.

Veamos, pues, de qué manera un simple pensamiento (cada pensamiento que tenemos) afecta, física y materialmente, a nuestro organismo. El proceso es tan enriquecedor como interesante, de manera que merece la pena conocerlo a fondo porque, así, nos estaremos conociendo a nosotros mismos. Estaremos conociendo cómo opera nuestra Máquina Perfecta: la Mente, y su extensión: el cuerpo.

 

El proceso que sigue un pensamiento para convertirse en una enfermedad o todo lo contrario

El pensamiento es la actividad de nuestro cerebro. Los pensamientos, las emociones, como nos sentimos, nuestra personalidad, la forma en que respondemos a nuestra vida…Todo ello forma lo que conocemos como “mente” o actividad mental.

Esas conexiones eléctricas interneuronales son las que dan lugar a lo que conocemos como pensamientos. Una vez que el cerebro ha creado y preservado en una serie de pensamientos de un determinado tipo (alegres, destructivos, de crítica) nuestro hipotálamo se pone en marcha, genera hormonas directamente vinculadas con los pensamientos de nuestro cerebro, es decir se crearan combinaciones químicas de la misma tipología que los pensamientos que nuestro cerebro está produciendo.

De este modo aparecen las “emociones” en nuestro hipotálamo, al segregar e inundar el torrente sanguíneo con esas hormonas vinculadas a nuestros pensamientos, hace que nuestro cuerpo cree sensaciones. Por eso nos sentimos bien o mal, alegres o abatidos, calmados o nerviosos como respuesta a nuestros pensamientos. Se trata sencillamente que nuestro centro bioquímico (el hipotálamo) está creando productos químicos como el más perfecto laboratorio inimaginable, para “dar “forma a las sensaciones a los pensamientos que está produciendo nuestro cerebro.

Nuestro hipotálamo puede crear péptidos que nos hagan actuar deprisa ante situaciones de estrés; o puede segregar hormonas placenteras para adormecernos o para “premiarnos”. En definitiva, puede crear una sustancia química natural para cada proceso mental que esté en ese momento en marcha.

 

El problema

El problema es que, por desconocimiento de estos procesos, la gente no es consciente de la importancia que tiene “pensar correctamente”. No se trata aquí de defender un tipo de pensamiento religioso o moral, ni nada por el estilo. Cuando decimos “pensamiento correcto” queremos decir, ni más ni menos, que el que sea adecuado y beneficioso para cada uno de nosotros. Ni más ni menos.

Como la mayoría de las personas desconoce la maquinaria bioquímica que se pone en marca cada vez que nuestro cerebro produce pensamientos de un tipo o de otro, la gente simplemente no puede controlar cómo se siente, o lo que es mucho más importante, no puede controlar el hecho de que muchas de esas sustancias químicas vinculadas a pensamientos destructivos, están literalmente, envenenando su cuerpo a diario y de ahí surgen enfermedades.

Pero vayamos por partes, ya que hemos dicho que íbamos a explicar el proceso completo y de forma clara:

Si, por ejemplo, permitimos que las tensiones de cada día nos mantengan en un estado de estrés, o de alerta y desconfianza (actividades que realizará nuestro cerebro a través de los pensamientos que crea y que no se controlan), nuestro hipotálamo responderá segregando sustancias químicas que colocarán nuestro organismo en modo “ataque/huida” que es la respuesta interna ante el peligro y, por ello, frente a una situación de vida o muerte.

Esa actividad del hipotálamo que es tan importante y decisiva en momentos puntuales de verdadero peligro, se vuelve autodestructiva cuando se experimenta muy continuada y regularmente. El estrés, la ansiedad, la prisa, la urgencia, la preocupación… hace que nuestro cerebro cree situaciones inexistentes y, como respuesta química a ello, nuestro hipotálamo segrega las hormonas correspondientes a un ataque o a una situación de peligro inminente para nuestra vida… Y así, durante horas al día, y durante días y días al año. Eso, simplemente, destroza nuestro cuerpo por intoxicación bioquímica, dado que ningún organismo puede vivir permanentemente en estado de shock, de peligro o de estrés/miedo continuado.

Esto es lo que da lugar a infartos, anginas de pecho, úlceras gastrointestinales, hipertensión arterial, diabetes y un largo etcétera de patologías que pueden llegar a ser mortales. Y todo comienza… En nuestros pensamientos descontrolados que han dado la orden equivocada a nuestro hipotálamo para que produzca sustancias que, segregadas de manera continuada en nuestro torrente sanguíneo, envenenan nuestro cuerpo.

 

Patologías con origen en la gestión del pensamiento

Otro cúmulo de patologías y enfermedades que nuestro cuerpo padece sin que fuera necesario y que están directamente vinculadas a la forma en que pensamos son las infecciones víricas y bacteriológicas.

El procedimiento es similar al anterior, pero no idéntico: bajo situaciones constantes de estrés, miedo, ansiedad y preocupación, como hemos explicado, nuestra actividad hormonal pone en marcha procesos de defensa/respuesta. Es decir, tensiona músculos, prepara el cuerpo para la potencial huida, redirige la circulación sanguínea, paraliza procesos internos no vitales, para atender una supuesta amenaza que no existe… pero que estamos imaginando.

¿Qué logra todo esto?… Pues ni más ni menos, que nuestro sistema inmunitario se desgaste, se colapse y no pueda repeler ataques que, en situaciones normales, está combatiendo y rechazando a diario (cuando funciona bien, claro está).

Así pillamos una gripe, sufrimos alergias, tardamos más en cicatrizar o en repeler infecciones, etc.

 

Y todo comienza por la actividad mental

Debemos tener en cuenta, ahora que sabemos cómo opera la bioquímica de nuestro cerebro, que nuestros pensamientos son las “instrucciones” que le dará nuestro cerebro a nuestro hipotálamo para que éste cree las hormonas que correspondan a ese estado mental. Si no cuidamos nuestros pensamientos y procesos mentales, la bioquímica de nuestro organismo sencillamente seguirá un patrón equivocado y nos inundará de toxinas que no juegan a nuestro favor, sino que nos debilitan, primero emocionalmente y después orgánicamente.

Nuestros órganos dejan de funcionar adecuadamente para hacerlo en modo “alerta”, si vivimos bajo situaciones de estrés sostenido, prisa, preocupación y ansiedad. Con ello la circulación sanguínea falla, la tensión se dispara, la actividad nerviosa salta por los aires y aparecen las enfermedades en órganos como el corazón, los riñones, el páncreas y un largo etcétera de variables.

Del mismo modo, esas instrucciones incorrectas que no hemos sabido parar y revertir en nuestros pensamientos afectan a nuestro sistema emocional: agotamiento, pena, rabia, frustración, depresión, bipolarismo… y un largo etcétera de variables de orden nervioso y emocional. Tan peligrosas o más que las orgánicas.

 

El conocimiento es la solución

Ahora que sabemos cómo se origina el proceso (pensamiento – hipotálamo – hormonas – envenenamiento del cuerpo – destrucción del sistema inmunitario) podemos también invertir el proceso.

Pensamientos de confianza, amor, seguridad, tranquilidad, calma, paz, alegría… Inician una secuencia totalmente diferente a la que da lugar a enfermedades. En estos otros casos, nuestro hipotálamo produce hormonas endorfinas, placenteras, de anestesia, calma, tranquilidad etc.…

Que contribuyen a que nuestro organismo pueda operar con normalidad y no bajo amenazas.

Nuestro sistema inmunitario puede hacer su trabajo de manera eficiente, el riego sanguíneo sigue el modelo y ritmo óptimos, nuestros órganos operan bajo condiciones perfectas.

Y todo comienza con el detonante inicial: los pensamientos: la llave a la bioquímica del cuerpo humano.

Ahora, ya sabes qué hay detrás de cada emoción y de por qué te sientes como te sientes en cada momento.

 

El control efectivo de los pensamientos negativos

1.- Creerte la futilidad de la gran mayoría de las inquietudes

La inquietud cotidiana es la forma más corriente en que se dan los pensamientos negativos, si tienes la paciencia de realizar un recuento diario de tus inquietudes y escribirlas, podrás comprobar tras varias semanas que la mayoría de las inquietudes no se cumplen nunca (en más de 90%).

Esto te convencerá de la necesidad de establecer una pauta adecuada, porque los pensamientos negativos no van a desaparecer por arte de magia, volverán una y otra vez.

2.- La parada de pensamiento

Como su nombre indica esta técnica es una estrategia tremendamente útil para aprender a cortar los pensamientos que nos producen malestar.

Imagina que estás dándole vueltas a algo te preocupa, de repente oyes un ruido ¡¡¡¡Scrastch!!!!! Giras la cabeza y ¡Oh, no, se ha caído el jarrón chino de la dinastía Ming y está en el suelo hecho añicos! Te levantas corriendo, recoges los cachitos y pasas un buen rato tratando de pegarlos intentando reconstruirlo.

Me imagino que has dejado de darle vueltas a aquello que te preocupa ¿No?

Replicar este procedimiento y tener a alguien tirando objetos a nuestro alrededor cada vez que no nos nota pensativos no creo que fuera muy recomendable así que habrá que utilizar otro procedimiento que consiga el mismo fin y logre que dejemos de estar agobiados por mil y una cosas, y que consumamos la mayor parte de nuestro tiempo rumiando acerca de problemas sin avanzar en la solución constructiva de los mismos.

Primer paso:

Ser capaz de darnos cuenta cuando aparecen esos pensamientos. Así que no comiences a aplicar está técnica hasta que no tengas detectados los pensamientos que tienes que parar. Es mejor tardar una semana en comenzar a trabajar, que hacer las cosas de mala manera y que no sean efectivas.

Segundo paso:

Encontrar un estímulo de corte lo suficientemente potente para cortar el flujo de pensamientos.

Puede ser gritar la palabra “stop” o “para” sí estás solo, ponerte una gomita en la muñeca y tirar de ella, pegarte un pellizco, imaginarte una señal de stop o cualquier otra que se te ocurra y te sea útil.

Tercer paso:

Pensar o decirse una auto-instrucción. Cuando hablamos de auto-instrucciones me refiero a instrucciones que nos damos a nosotros mismos.  Podemos decirnos cosas como “Pensar en esto no me ayuda” “Yo puedo” “Voy a conseguirlo” o el pensamiento que adaptativo que hayamos concluido si hemos utilizado la técnica de reestructuración.

La auto-instrucción va a depender de la persona y del caso, así que no está de más dedicar un rato a elaborar una que encaje bien con nosotros.

Si el problema es que no logras concentrarte en algo que estás haciendo debido a los pensamientos intrusivos pues decirte “Voy a seguir a lo que estaba” “Voy a terminar mi tarea”.

Si estás a punto de hacer una presentación en público y te invaden pensamientos negativos puedes usar “Pensar en esto no me ayuda” “Lo voy a conseguir”.

Si no paras de darle vueltas a la posible infidelidad de tu pareja y has usado ya la técnica de reestructuración puedes decirte algo como “No tengo evidencia para pensar que engaña, así que darle vueltas es absurdo”.

Si tu problema es que estás preocupado por lo que van a pensar de ti una buena auto-instrucción seria “Lo que los demás piensen no tiene que importarme”.

Es importante no confundir el estímulo de corte con la auto-instrucción. La función del estímulo de corte es desviar la atención de ese pensamiento negativo y la de la auto-instrucción es focalizar la atención en otra cosa diferente.

3.- Tarea Distractora

Hacer una tarea que te implique fijar tu atención en ella y te impida seguir pensando. La función de esta tarea es que una vez cortado el pensamiento negativo no vuelva a reaparecer al instante.

Puede ser leer algo que te interese, cantar una canción en voz alta, llamar a alguien (para hablar de algo positivo y diferente al problema), ponerte a hacer un puzle. Cualquier cosa que te impida seguir pensando, si te pones a hacer un puzle o a correr, pero sigues dándole vueltas al tema no te vale de nada. Tiene que ser algo que implique concentración.

Si no encuentras ninguna tarea que implique suficiente concentración prueba a contar de 3 en 3 de 100 o a hacer operaciones matemáticas. Ve probando hasta que encuentres la tarea que mejor vaya contigo.

 

Conclusión

A partir de ahora ya sabes de qué forma y por qué pasos, un pensamiento se convierte en una toxina y afecta a tu organismo enfermándolo, o todo lo contrario: sanándolo. También tienes las herramientas necesarias y, como siempre que aprendes algo nuevo e importante, ahora tú eres el dueño de hacer los cambios oportunos, porque es tu calidad de vida y tu salud las que están en juego.

 

 

 

 

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