Crónicas del bar Manolo. La risa en el momento inoportuno.

Entró en el Bar Manolo con la cara desencajada y el pelo revuelto, como si hubiera peleado con un ventilador industrial y hubiera perdido por puntos. Ni saludó. Se quedó quieto junto a la tragaperras, respirando hondo, mientras nosotros lo mirábamos con esa curiosidad de jubilado que convierte cualquier gesto raro en una investigación parlamentaria.
Fue Manolo quien rompió el silencio.
—Pepe, pareces un ministro después de una auditoría. ¿Qué te ha pasado?
Pepe levantó un dedo, pidió un coñac corto y soltó:
—Me empecé a reír en el peor momento posible.
Aquello bastó. Las fichas del dominó quedaron inmóviles. Remigio cerró el periódico con lentitud litúrgica. Carmen dejó el bolso sobre la silla. Cuando alguien empieza una frase así, uno no puede seguir viviendo como si nada.
Pepe se sentó despacio.
—Esta mañana he ido al tanatorio de Julián, el del estanco.
—Buen hombre —murmuró Luis.
—Muy serio —añadió Antonio—. Demasiado serio incluso para estar muerto.
Pepe asintió.
—Pues allí estaba yo, en primera fila, intentando poner cara de respeto, cuando el cura empieza con el sermón. Todo correcto. Todo solemne. Mucho “nuestro hermano Julián”, mucho “la vida eterna”… Hasta que el sacerdote va y dice: “Julián fue un hombre entregado al prójimo”. Y justo en ese instante veo a Paco el carnicero dormido con la boca abierta.
—¿Y? —preguntó Carmen.
—Que tenía una mosca entrando y saliendo como si estuviera inspeccionando un garaje.
Manolo ya empezaba a torcer el gesto.
—Intenté aguantar. Os juro que lo intenté. Me mordí el labio. Pensé en facturas. Pensé en la declaración de Hacienda. Pensé en los pies de Froilán. Nada. La mosca seguía entrando y saliendo de aquel túnel negro y húmedo… y yo empecé a bufar como una cafetera vieja.
—Madre de Dios… —susurró Luis.
—El problema vino cuando Paco hizo un ronquido. Pero no un ronquido normal. Aquello sonó como una Vespa arrancando en enero. Y ahí me fui. Me doblé entero. Se me saltaron las lágrimas. Parecía que el muerto era yo.
Antonio golpeó la barra riéndose.
—¿Y qué pasó?
—Que la viuda pensó que lloraba desconsolado y vino a abrazarme. Y cuanto más me abrazaba, más me acordaba de la mosca.
El bar estalló.
Hasta Manolo tuvo que darse la vuelta fingiendo que limpiaba vasos.
Remigio, con los ojos húmedos de tanto reír, señaló a Pepe.
—Eso no es maldad. Eso es el cerebro suicidándose socialmente.
—Pues espera —dijo Pepe—. Lo peor fue al salir. Paco se me acerca y me dice: “Gracias por emocionarte tanto con la despedida”. Y yo tuve que abrazarlo mirando al cielo para no verle la nariz.
Las carcajadas rebotaron contra las paredes como pelotas de frontón.
Entonces Antonio levantó la mano.
—Eso no es nada. Lo mío sí fue grave.


Todos giramos la cabeza.
Antonio tomó aire con solemnidad.
—Boda de mi sobrina. Iglesia llena. Trescientas personas. Todo elegante. Mi mujer llevaba un vestido tan apretado que parecía embutida al vacío. El cura pregunta aquello de “si alguien tiene algo que objetar…”. Silencio absoluto. Y en ese preciso instante sonó el móvil de mi cuñado.
—No…
—Sí. Y como tono tenía puesto el himno del Real Madrid.
Pepe ya golpeaba la mesa.
—Pero eso no es lo peor. Lo peor es que el móvil empezó a sonar justo por el “¡Hala Madrid!”. Y mi sobrino, que es del Atlético, soltó sin querer: “Pues ya está jodida la boda”.
Carmen se tapó la cara.
—Me empecé a reír como un condenado. Pero de esos ataques donde el cuerpo deja de obedecer. Intentaba convertir la risa en tos. Parecía un burro asmático. Mi mujer me clavaba las uñas en la pierna. El cura me miraba como si fuera el anticristo.
—¿Paraste? —preguntó Manolo.
—Claro que no. Encima vi a la novia llorando de nervios y pensé que parecía una actriz de telenovela venezolana. Ahí ya perdí la fe y la dignidad.
Remigio levantó el vaso.
—La risa en lugares prohibidos tiene una fuerza sobrenatural. Cuanto menos debes reír, más te posee.


—Pues a mí casi me cuesta el matrimonio —intervino Carmen.
Todos callamos. Cuando Carmen empezaba una historia, convenía escuchar. Aquella mujer tenía más autoridad moral que un tribunal supremo.
—Cena romántica con mi marido por nuestro aniversario. Restaurante fino. Camareros con guantes blancos. Música de piano. Todo muy elegante. Y va el camarero, muy estirado él, y pregunta: “¿Desean ustedes escuchar las sugerencias del chef?”.
—Malo —dijo Pepe.
—Mi marido quería decir “sí, claro”, pero se atragantó con el vino y soltó un ruido… imposible de describir. Algo entre gárgara y apareamiento de foca.
La mesa ya temblaba.
—El camarero mantuvo la compostura, aunque le vibraba un ojo. Pero yo vi cómo una señora de la mesa de atrás se santiguaba. Y ahí empecé a reír. Intenté esconderme detrás de la carta. Error. Cuanto más la ocultaba, más me imaginaba al camarero contándolo en la cocina.
—¿Y tu marido?
—Ofendido. Me dijo: “No le veo la gracia”. Y justo al decirlo se le escapó otro ruido peor. Parecía un trombón cayendo por unas escaleras.
Pepe se agarraba el pecho.
—Voy a morir aquí mismo.
—Pues espérate a Remigio —dijo Manolo—. Que tiene cara de traer tesis doctoral.


Remigio sonrió despacio.
—Lo mío ocurrió en el hospital.
El ambiente cambió medio segundo.
—No os pongáis dramáticos, que nadie murió. Fui a hacerme una colonoscopia.
La tensión desapareció como por arte de magia.
—Ya empezamos —murmuró Antonio.
—Me tumban en la camilla. Todo muy frío. Muy blanco. Muy humillante. Entra una enfermera jovencísima intentando tranquilizarme y me dice: “Relájese, don Remigio, esto dura poco”.
—Frase peligrosa —dijo Pepe.
—Entonces aparece el médico. Un muchacho con cara de no haber pagado una factura en su vida. Y justo cuando se coloca los guantes, se le rompe uno con un chasquido seco.
El bar entero contenía la respiración.
—Y el chaval dice: “Uy. Como en las películas”.
Antonio escupió el vino sobre la barra.
—No…
—Sí. Y yo imaginé el póster de la película. “Misión imposible: el recto final”. Ahí empecé a reír. Pero una risa nerviosa. Convulsiva. El médico pensó que me faltaba oxígeno. La enfermera pidió ayuda. Entraron dos auxiliares. Y cuanto más grave se ponía todo, más gracia me hacía.
Carmen ya lloraba.
—¿Y cómo terminó?
—Con el médico diciendo: “Nunca vi a nadie entrar tan contento a una colonoscopia”.


Luis, que llevaba toda la tarde callado, levantó el dedo.
—Yo también tengo una.
Nos sorprendió. Luis apenas hablaba desde lo de Rosa.
—Adelante —dijo Manolo con suavidad.
Luis sonrió.
—Primer día usando audífonos nuevos. Voy al entierro de un vecino. Todo silencioso. Muy solemne. Y de pronto empiezo a escuchar un pitido extraño. Pensé que era un acople. Pero no. Resulta que estaba captando la frecuencia del supermercado de enfrente.
Pepe ya sospechaba desastre.
—Mientras el cura hablaba de la eternidad, yo escuchaba una voz diciendo: “Oferta en merluza congelada. Segunda unidad al cincuenta por ciento”.
El bar explotó.
Luis reía también.
—Intenté quitarme el aparato, pero cuanto más lo tocaba, más alto sonaba. Y de pronto escucho: “Pasillo tres, derrame de lejía”.
Hasta Manolo tuvo que apoyarse en la cafetera.
Luis se secó una lágrima.
—Rosa habría disfrutado esto como nadie.
Hubo un pequeño silencio. Uno de esos silencios buenos.
Después Pepe levantó el vaso.
—Al final, ¿sabéis qué pasa? Que la vida es tan absurda que el cuerpo se defiende riéndose.
Remigio asintió.
—Exacto. La risa aparece cuando el cerebro no sabe dónde meter la vergüenza.
—O el miedo —añadió Luis.
Manolo sirvió otra ronda sin pedir permiso.
Y durante un rato, entre carcajadas, vino barato y recuerdos ridículos, el Bar Manolo volvió a parecer el lugar más importante del mundo.

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