TÍTULO: El jarrillo de lata
El canto del gallo despertó a Antonio antes de que el alba rompiera el velo de la noche. Se levantó de inmediato y comenzó a vestirse con su ropa gastada y las viejas alpargatas que reservaba para trabajar en el campo. Su esposa ya estaba levantada, preparando un puchero de achicoria sobre la lumbre. Despertó a dos de sus nueve hijos, Martín de 12 años y Teodoro de 11, quienes desayunaron rápidamente un vaso de leche recién ordeñada y un trozo de pan, mientras su padre preparaba la mula para trabajar.
- ¡Vamos, niños! Estamos tardando, no quiero que el señorito me descuente otra vez dos reales.
- Pero Antonio come algo. — Dijo María mientras le acercaba un tazón humeante junto con un trozo de pan con tocino.
Se bebió el café caliente que le ayudó a despejar la somnolencia de sus ojos, pero rechazó el resto, ya que necesitaba llegar a tiempo a la finca del marqués, donde le esperaba otro arduo día de trabajo.
Antonio era uno de los muchos jornaleros cuya piel curtida y manos callosas contaban historias de labor y sudor interminables. Su vida, marcada por la simplicidad y la cruda realidad diaria, era una lucha constante por sobrevivir, sin derechos ni esperanzas. Su única meta era proveer el sustento para su familia.
Acomodó a sus hijos en los cestos de esparto colocados sobre la mula, emprendiendo la marcha por el polvoriento camino. Cuando el sol comenzó a elevarse, Antonio ya está en los campos, donde el trigo se balancea como un mar dorado y las aceitunas se esconden en sus ramas como tesoros esperando ser descubiertos.
Allí se encontró con otros trabajadores que también habían madrugado para cumplir con su jornada. El capataz les recibió con su mal carácter habitual asignándole las tareas. A Antonio le tocó limpiar los olivos de malas hierbas con su vieja azada, mientras sus dos hijos, juntos con otros niños de edad similar, se dedicaban en una era cercana a limpiar las aceitunas de hojarasca y depositarlas en cajas para su transporte.
Trabajó sin descanso toda la mañana bajo un sol abrasador que le quemaba la piel y le cegaba los ojos. La tierra era dura y seca y la azada se le clavaba en las manos, pero no se quejaba, sabía que era inútil. Si llegaba a rebelarse, el capataz no dudaría en despedirlo, sobre todo sabiendo que era conocido por sus ideas sindicalistas y que en el pasado le habían causado tantos problemas, incluso la cárcel. Desde hace tiempo dejó de luchar por mejorar la vida de los jornaleros en el campo andaluz, ya que cuando lo hizo, nadie reconoció jamás su implicación en esa causa. La cruda realidad se limitaba a la finca del señorito, donde él no era más que un esclavo. Ahora, lo que primaba en él por encima de cualquier otra cosa, era la necesidad de alimentar a su familia. Solo pensaba en terminar su trabajo y volver a casa, donde lo esperaban sus seres queridos.
Al mediodía, cuando el sol está en su cenit y los otros jornaleros buscan un breve refugio bajo la sombra de los olivos, Antonio abrió su fiambrera. Dentro, un pedazo de pan duro y algo de queso constituían su almuerzo y el de sus hijos. Con su jarrillo bebían un poco de agua, o en los días afortunados, gazpacho que les refrescaba la garganta y les devolvía algo de energía.
El jarrillo no era solamente su vaso o su taza; en ocasiones, cuando la cosecha era buena y había algo más que llevarse a la boca, se transformaba en su plato. Antonio lo llenaba con las legumbres o el guiso que su esposa preparaba en los días festivos, y cada bocado era un manjar que sabía a gloria.
Después de terminar la frugal comida, el jarrillo, ahora vacío, volvía a engancharse a su cinturón, golpeando su costado al ritmo de sus pasos, como un metrónomo que marcaba el tiempo de su esfuerzo.
La tarde desciende y con ella el cansancio se vuelve más pesado, pero Antonio no se rinde. Su jarra, ahora llena de nuevo de agua, lo acompaña en las últimas horas de trabajo, brindándole sorbos de vida que le permiten seguir adelante hasta que el sol se despide con tonos de fuego y púrpura.
Al regresar a casa, la jarra se limpia concienzudamente con un estropajo de esparto hasta quedar reluciente y se coloca en su lugar, lista para el próximo día. No hay lamentos en la vida de Antonio, solo aceptación de su destino y la esperanza de que mañana será tan productivo como el día que termina. Antonio consideraba el pequeño jarrillo de lata como un verdadero tesoro. Su padre se lo había regalado al jubilarse, y a su vez, lo había recibido de su abuelo. Este humilde objeto siempre había estado presente en la vida de Antonio, desde que comenzó a trabajar como niño junto a su padre, al igual que ahora lo hacían sus propios hijos.
A pesar de su sencillez, el jarrillo era un símbolo de la capacidad de adaptación a la adversidad y de la constancia de su dueño. Reflejaba la dura vida del jornalero andaluz, marcada por un trabajo incansable, pero también por una dignidad inquebrantable que no se doblegaba ante las dificultades. Entre el brillo del latón y la tierra bajo sus uñas, Antonio seguía adelante, con su jarrillo como fiel compañero en los extensos campos andaluces.