Alberto Nogueira, antes un reputado experto en vinos, había experimentado un viraje insólito en su trayectoria profesional. Dejando atrás los viñedos y las bodegas, se sumergió en el fascinante mundo de la investigación histórica, tras un reportaje sobre bodegas olvidadas en La Mancha. Este periplo lo conduciría por un sendero insospechado, alterando para siempre el rumbo de su existencia.
Todo se desencadenó durante una exploración en una bodega de Argamasilla de Alba, donde Alberto tuvo un enigmático encuentro con una civilización que habitaba en las profundidades de nuestro planeta. Esta vivencia inesperada expandió su visión del mundo y lo impulsó a replantearse su rol como periodista, adoptando un enfoque profesional, diametralmente opuesto al que había cultivado hasta entonces.
Enfrascado en su nueva faceta, se encontraba absorto en su última investigación, la cual lo había conducido a una sorprendente revelación: los clavos de Cristo podrían hallarse en España. El detonante fue un viaje a Jerusalén, donde adquirió un antiguo manuscrito en latín que llamó su atención por su aceptable estado de conservación, a pesar de tener algunas hojas con inscripciones confusas. Si bien en un principio abrigó la sospecha de que podría tratarse de una falsificación, también pensó que, en el peor de los casos, constituiría un valioso recuerdo de su viaje a Tierra Santa.
De vuelta a España, un experto en este tipo de textos corroboró su autenticidad y lo fechó en la última etapa de la vida de Jesús y años posteriores. Se trataba de una suerte de libro de contabilidad donde figuraban anotaciones sobre transacciones económicas realizadas por su autor, un judío llamado Aharon. La mayoría de ellas eran pagos a legionarios romanos en la época del emperador Octavio Augusto, aunque también se incluían otros registros de ingresos y gastos personales, acompañados de comentarios sobre estos.
Alberto rebosaba de entusiasmo, encontrar aquel libro contable, le brindaba la emocionante oportunidad de rastrear los pasos de la legión romana, en la que Aharon había servido como pagador a lo largo de media Europa, culminando su viaje en la península ibérica. Su destino final: la mayor mina de oro a cielo abierto de todo el Imperio Romano, situada en las estribaciones al noroeste de los Montes Aquilanos y junto al Valle del río Sil en la actual provincia de León. Las Médulas, un sobrecogedor paraje natural que hoy se puede contemplar, fruto de la mencionada explotación minera.
Alberto hojeaba con avidez el antiguo pergamino, descifrando cada palabra con meticulosa atención. Una anotación en particular llamó su atención. Escrita con tinta sepia, la caligrafía temblorosa indicaba la cantidad pagada a un desconocido: «60 denarios por los clavos, pagados a Jacob, sepulturero de la tumba de Caifás».
Junto a la anotación, un tosco dibujo de un pez adornaba el margen, con la palabra «Ichtys» garabateada en su interior. «Ichtys»(acrónimo de «Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador). Este símbolo era utilizado en secreto por los primeros cristianos para reconocerse y representaba su fe en tiempos de persecución.
Hacia el final del manuscrito, Alberto encontró una extensa anotación. En ella, Aharon explicaba, con detalle, cómo había ocultado las reliquias en las minas de oro de Hispania antes de su regreso a Roma. Motivado por el abandono de las minas (al agotarse el oro) y debido a su grave estado de salud temía no poder llegar a su destino y no quería que estas sagradas reliquias cayeran en poder de las legiones romanas.
Tenía la firme convicción de que se trataba de los clavos utilizados en la crucifixión de Jesucristo. Esta creencia se afianzaba por dos motivos: debido a la conversión al cristianismo de Aharon y por el hecho de que, tras la crucifixión, estos clavos habían sido ocultados en una tumba judía, la del propio Caifás. Conmovido por este descubrimiento, Alberto contactó con la Dra. Elisa García, una reputada arqueóloga española de reconocido prestigio con la que mantenía una estrecha amistad y porque era una experta en Las Médulas, a la que había dedicado gran parte de su carrera descifrando los enigmas que este yacimiento guarda en sus entrañas.
Juntos formaron un pequeño equipo compuesto por seis personas, donde se encontraban arqueólogos que habían colaborado con Elisa y otros destacados eruditos del paso del Imperio Romano por la península ibérica. Tras solicitar los oportunos permisos administrativos, pusieron rumbo a Las Médulas, ansiosos por desentrañar los misterios que se escondían en sus profundidades.
Al llegar, les sorprendió el viento gélido que azotaba aquellas recónditas laderas en el corazón de León. Con determinación, se adentraron en las oscuras galerías romanas, desafiando la penumbra y el frío que reinaba en ese laberinto subterráneo.
Los días se convirtieron en semanas de búsqueda incansable. El equipo se enfrentaba a la oscuridad, la humedad y la claustrofobia, desafiando sus límites. Sin embargo, su determinación era inquebrantable. Cada fragmento de cerámica y vestigio de metal oxidado era examinado con meticulosidad, buscando la más mínima pista que los acercara a su objetivo.
Por fin, una mañana, al final del invierno, cuando Elisa exploraba el final de una galería, un tenue destello metálico horadó la penumbra, atrayendo la mirada de esta. Con manos que temblaban por la emoción contenida, extrajo un objeto de la tierra, una pequeña cajita metálica, elaborada con un primoroso trabajo artesanal. Con sumo cuidado, la abrió, revelando en su interior un clavo, forjado en hierro macizo y conservando una notable integridad a pesar de su antigüedad. Un murmullo de emoción mezcla de asombro y reverencia, se propagó entre el equipo.
Los análisis posteriores confirmaron la datación del clavo: época romana, coincidiendo con la vida de Jesús de Nazaret.
La duda los carcomía. ¿Debían revelar al mundo su hallazgo y desatar una tormenta de debates y controversias? Más de una docena de iglesias en todo el planeta afirmaban poseer los clavos auténticos de la crucifixión. La presión por mantener el secreto crecía con cada día que pasaba.
La decisión final no fue fácil. Algunos abogaban por revelar el hallazgo al mundo, convencidos de que era su deber compartir tan importante descubrimiento con la humanidad. Otros, sin embargo, temían las repercusiones que esto podría tener, tanto para la reliquia en sí como para sus propias vidas.
Uno de los miembros del equipo propuso una alternativa: depositar el clavo en los pies de una antigua escultura del siglo XVI que representaba la crucifixión y que se encontraba en restauración, ubicada en una pequeña parroquia de Astorga cuyo párroco era un hermano suyo.
La idea fue acogida con fervor. El sacerdote aceptó encantado custodiar el clavo, sellando con un pacto de silencio la promesa de guardar el secreto para siempre.