Le seguía a poca distancia

Yo lo seguía a poca distancia, seguramente demasiado poca para lo que es prudente en estos casos. La noche era una boca de lobo, solo rota por la tenue luz de las farolas, que convertían las calles en un escenario de sombras fugaces.
Él, mi objetivo, caminaba con paso firme y decidido, ajeno a mi presencia. Llevaba una gabardina negra que se fundía con la oscuridad, y un sombrero ladeado que ocultaba sus facciones. Yo, en cambio, me dedicaba a deslizarme sigilosamente en el anonimato, fundiéndome con las penumbras como si fuera una más de ellas.
Era la tercera noche que lo seguía. En las dos primeras, lo observé merodeando por la joyería La Perla, con una mirada codiciosa que me puso los pelos de punta. Y ahora, en esta noche oscura y húmeda, lo seguía hasta su guarida, un viejo almacén abandonado en las afueras de la ciudad.
De repente, se detuvo en seco y se giró. Mi corazón dio un vuelco. Me había descubierto. Me congelé, esperando lo peor. Pero él solo me miró por un instante, con una expresión irónica en la cara, y luego siguió caminando.
Suspiré aliviado. Tal vez no me había visto. O tal vez sí, y simplemente estaba jugando conmigo. No lo sabía, y eso era lo que me inquietaba.
Llegamos a un viejo almacén. Él abrió una puerta oxidada y entró. Yo esperé unos segundos y luego lo seguí. El interior era oscuro y polvoriento, lleno de cajas apiladas y muebles rotos. El único murmullo perceptible era el susurro de las gotas de agua filtrándose por una fisura en el techo, estallando al chocar con el suelo.
Lo vi avanzar hacia el fondo del almacén, donde había una pequeña oficina iluminada por una lámpara de escritorio. Se sentó en una silla y encendió un cigarrillo. Yo me escondí detrás de unas cajas, observándolo en silencio.
Sacó un pequeño paquete de su bolsillo y lo abrió con cuidado. Dentro había un anillo de diamantes, el mismo que había visto en la vitrina de La Perla. Una sonrisa malvada se dibujó en su rostro.
En ese momento, supe que tenía que detenerlo. No podía permitir que se saliera con la suya. Salí de mi escondite y me abalancé sobre él.
Se giró sorprendido y trató de defenderse, pero yo era más rápido y fuerte. Lo tiré al suelo y le arrebaté el anillo.
—Se acabó tu juego, Rata, le dije con voz firme.
Él me miró con odio en los ojos. —Nunca ganarás, — gruñó. —Soy más listo que tú.
Me reí con ironía. —Eso ya lo veremos, —le dije. —Ahora, levántate y vamos a la comisaría.
Me puse de pie y lo tomé del brazo. Pero en ese momento, algo inesperado sucedió. El suelo cedió bajo nuestros pies y caímos por un agujero que se había abierto en el suelo.
Rodamos por un túnel oscuro y húmedo, hasta que finalmente nos detuvimos. Me levanté dolorido y desorientado. La oscuridad era total.
—¡Socorro!, —grité con todas mis fuerzas. Pero nadie respondió.
Un escalofrío me recorrió la espalda. De repente, sentí un olor a humedad y putrefacción que me revolvió el estómago. Encendí la linterna de mi móvil y la luz reveló un espectáculo macabro: cientos de huesos humanos apilados en las paredes del túnel.
De repente, escuché un sonido detrás de mí. Me giré bruscamente y vi al Rata que se acercaba hacia mí, en sus manos sostenía un enorme cuchillo. Había sobrevivido a la caída y ahora buscaba venganza.
—No vas a salir de aquí con vida, — dijo con una voz ronca y amenazadora.
Retrocedí aterrorizado, sin saber qué hacer. Estaba atrapado en un osario con un asesino La luz del móvil se movía de un lado a otro, iluminando las paredes del túnel y los huesos que nos rodeaban. Era una escena de pesadilla, un escenario sacado de una película de terror.
En ese momento, supe que mi vida corría peligro. Tenía que salir de ese lugar. Con un grito de adrenalina, me lancé hacia él. Un forcejeo feroz se desató en la oscuridad del túnel. El cuchillo brilló en la penumbra mientras ambos luchábamos por nuestras vidas.
De repente, un dolor agudo me atravesó el pecho. Tropecé y caí al suelo, sintiendo un líquido caliente que brotaba de mi herida. El «Rata» aprovechó la oportunidad y se abalanzó sobre mí, listo para asestar el golpe final.
Pero en ese instante, un disparo resonó en el túnel. El «Rata» se tambaleó y cayó al suelo, un charco de sangre extendiéndose a su alrededor. Uno de los policías que participaba en la operación, alertado por mis gritos, había llegado justo a tiempo.
Perdí la conciencia, sumergiéndome en la oscuridad. Al despertar, me encontraba en una cama de hospital. Un compañero me observaba con seriedad.
—Has tenido suerte, — me dijo. El Rata estaba a punto de acabar contigo.
—Ese lugar es un nido de alimañas, — me dijo.
—Hemos encontrado una gran cantidad de dinero y joyas escondidas entre los huesos. Parece que era el escondite de la banda de criminales a la que pertenecía el Rata.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Había estado a punto de morir en el mismo lugar donde estos tipos guardaban sus botines y enterraban a sus víctimas.
Me sentí aliviado. A pesar de las heridas y la terrible experiencia, había logrado detener al «Rata» y poner fin a sus fechorías.
Mientras me recuperaba en el hospital, no pude evitar pensar en la ironía del destino. Había seguido al «Rata» hasta su guarida, sin saber que me estaba llevando a un lugar de muerte y olvido. Pero al final, la justicia había triunfado, y yo había salido con vida de aquel infierno.

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