TÍTULO: El barco de papel
La brisa marina acariciaba sus rostros mientras ambos contemplaban la inmensidad del océano. El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo con tonos anaranjados y rosados. El joven sostenía su caña de pescar sin anzuelo, apuntando hacia el horizonte infinito. A su lado, el hombre mayor se recostaba sobre una roca, contemplando el vaivén sereno de las olas que lamían delicadamente la playa a sus pies.
El joven llevaba una gorra oscura y una chaqueta gastada; sus ojos, hundidos y opacos, reflejaban una profunda tristeza. El hombre mayor, con cabello gris y arrugas marcadas por los años, tenía una mirada serena y comprensiva. Sus manos, curtidas por el tiempo, sostenían otra caña de pescar, tan vieja como él, pero esta con anzuelo.
Desde el trágico accidente en el que perdió a su esposa, el joven pescador había encontrado refugio en aquella cala escondida de miradas indiscretas. Había sido él quien conducía bajo los efectos del alcohol, y la culpa lo consumía. Cada día, lanzaba su caña al mar sin intención de pescar nada, buscando una forma de escapar de su dolor. El hombre mayor había comenzado a frecuentar el mismo sitio, acercándose un poco más al joven con cada visita. Al principio, lanzaban sus artes de pesca sin pronunciar palabra.
Pasaron días en esa rutina silenciosa. El sonido de las olas y el grito ocasional de una gaviota eran los únicos sonidos que acompañaban su mutua compañía.
El joven recordaba constantemente el rostro de su esposa, su risa contagiosa y los planes que nunca llegaron a realizar. La imagen del accidente volvía a su mente una y otra vez, como una pesadilla recurrente. Se preguntaba si algún día podría perdonarse por lo que había hecho.
Una tarde, el hombre rompió el silencio.
―A veces, el mar puede llevarse nuestros pesares ―dijo, sin apartar la vista del horizonte.
El joven lo miró por primera vez directamente.
―¿Cree que es posible? ―preguntó con voz ronca.
―El mar es infinito y profundo. Hay cosas que solo él puede entender y sanar.
Con el paso del tiempo, comenzaron a intercambiar palabras esporádicas que se transformaron en conversaciones más profundas. El hombre compartió historias de pérdidas y redenciones. El joven, sintiéndose comprendido, le habló de su esposa, del accidente y de la culpa que lo consumía.
Un día, el hombre sacó un trozo de papel del bolsillo.
―Quiero enseñarte algo ―dijo, comenzándolo a doblar con habilidad.
El joven observó cómo manipulaba aquel folio con habilidad.
―Es un barco de papel ―explicó el hombre―. Puede parecer simple, pero ayuda a llevar lejos aquello que necesitamos dejar ir.
Durante las siguientes semanas, el hombre le enseñó el arte de la papiroflexia, haciendo figuras cada vez más complejas. El joven se sumergía en aquel intrincado entretenimiento, encontrando en ello una actividad que le brindaba paz.
Finalmente, el joven logró crear por sí mismo uno de los barcos más elaborados. Sus manos, antes temblorosas, ahora trabajaban con confianza y precisión.
Esa mañana, el hombre le propuso algo diferente.
―Es hora de comprobar si es capaz de navegar ―dijo con una sonrisa.
Se acercaron juntos a las olas que bañaban la playa. El sonido de estas se volvió más intenso, así como el olor a sal y algas que llenaba el aire.
El hombre sacó una pequeña vela de té de su bolsillo y se la entregó al joven.
―Colócala dentro del barco ―le indicó.
El joven obedeció, colocando cuidadosamente la vela en el interior del barco de papel. Con una cerilla, encendió la mecha, y ambos observaron cómo la pequeña llama comenzaba a parpadear.
―¿Estás listo? ―preguntó el hombre.
El joven asintió. Juntos, colocaron el barco sobre el agua y lo empujaron suavemente mar adentro.
El barco flotaba serenamente, su vela encendida brillaba como una estrella mientras las olas lo mecían con delicadeza, llevándolo cada vez más lejos de la orilla.
Mientras observaban cómo se alejaba, el joven sintió que una parte de él se desprendía, como si el peso que había cargado comenzara a disiparse. Imaginó que el espíritu de su esposa viajaba en ese barco, liberándose de la culpa que lo consumía.
El hombre colocó una mano reconfortante sobre su hombro.
―Ella quiere que vivas, que encuentres la paz ―dijo con voz serena.
El joven, con lágrimas en los ojos, respondió:
―¿Cómo puedo perdonarme?
―El primer paso ya lo has dado. Has decidido dejar ir.
Se quedaron allí hasta que el barco se perdió en el horizonte con su luz, convirtiéndose en un punto distante antes de desaparecer.
Al día siguiente, el joven regresó a la cala con una nueva esperanza en su corazón. Esperó al hombre mayor para agradecerle, pero no apareció. Pensó que quizás llegaría más tarde, pero tras varios días de espera, el hombre no volvió.
Intrigado, el joven decidió preguntar en el pueblo por el anciano. Describió su apariencia y su afición por la pesca y los barcos de papel. Sin embargo, nadie parecía conocerlo. Los habitantes intercambiaban miradas confusas y negaban con la cabeza.
―Aquí no vive ningún hombre así ―le decían.
El joven comenzó a cuestionarse la realidad de lo vivido. Recordó cada conversación, cada enseñanza, la calidez de su mirada y la sabiduría de sus palabras.
¿Había sido todo una ilusión? Pero el barco de papel que juntos habían lanzado al mar era real, y el alivio que sentía en su corazón también lo era.
Una tarde, lanzó la caña, esta vez con anzuelo, posteriormente se sentó sobre la arena contemplando el horizonte cuando una suave brisa le acarició el rostro, trayendo consigo el aroma familiar de su esposa. Cerró los ojos y, en el silencio, sintió una paz profunda.
―Gracias ―susurró al viento.
Con el tiempo, el joven llegó a creer que el hombre mayor había sido un ángel enviado por su esposa para ayudarlo a sanar. Comprendió que, a veces, el consuelo llega de formas inesperadas. Agradecido, decidió honrar la memoria de su esposa, viviendo una vida plena y en armonía.
El mar seguía siendo su refugio, pero ya no era un lugar de dolor sino de esperanza. Aunque los peces a veces se esconden, supo que siempre hay algo más allá de lo visible, algo que nos guía en los momentos más oscuros. Y mientras el sol se ponía sobre el océano, el joven sonrió, sintiendo que nunca estaría solo.