Los gritos del caserón

Volvieron a oírse los gritos, esta vez con mayor fuerza y mucho más cerca, casi ensordeciendo a los presentes. Los alumnos de la clase de fotografía nocturna se miraron entre sí, algunos nerviosos, otros con una curiosidad malsana reflejada en sus rostros. Estaban en las ruinas del Caserón Soto del Henares, un lugar envuelto en leyendas oscuras y misterios que, hasta entonces, parecía idóneo para prácticas de fotografía nocturna, como pintar con luz o conseguir tomas inquietantes. Sin embargo, esa noche, las voces que parecían emerger del mismísimo corazón de la oscuridad habían captado toda su atención. Dejaron las cámaras y se dividieron en pequeños grupos para investigar de dónde venían. Sus linternas temblorosas rasgaban la negrura, pero no encontraron nada. De repente, las voces se disiparon en el viento, llevándose consigo las respuestas. El silencio que quedó era tan denso como la oscuridad misma, y en ese vacío se sentía la amenaza latente de algo que acechaba.

A la mañana siguiente, movidos por la curiosidad, algunos estudiantes volvieron al caserón. Al explorar las habitaciones interiores, comprobaron que el estado era más ruinoso de lo que les pareció la noche anterior. En el fondo de una de ellas encontraron un hueco escondido tras unos escombros. Se trataba de una abertura estrecha que descendía hacia las entrañas del edificio, revelando un túnel de piedra sucia y humedad penetrante. El aire que brotaba del hueco era frío, como si algo inhumano respirara desde las profundidades.

Conforme descendían, el miedo crecía, apretando sus corazones a medida que la oscuridad los envolvía y el aire se hacía más pesado. Las linternas parpadearon al iluminar las paredes, donde unas argollas oxidadas estaban incrustadas, y más abajo encontraron restos de comida y ropas diminutas de niños. El descubrimiento heló la sangre de los presentes. Un escalofrío recorrió sus espaldas; aquello no era solo un túnel, sino una prisión olvidada.

Aquello les hizo recordar el rumor que había estado rondando las calles de Torrejón durante semanas: niños desaparecidos en diferentes localidades madrileñas, que habían sido vistos en Torrejón acompañados de adultos con rasgos étnicos africanos. Los murmullos decían que habían sido secuestrados por una banda que traficaba con órganos. La noticia había dejado al pueblo entero con el corazón en un puño, a pesar de que las investigaciones realizadas concluyeran sin evidencias concretas sobre su verosimilitud. Hasta ahora. La atmósfera sombría del caserón parecía confirmar los peores miedos de todos.

Avisaron a la policía, que llegó y exploró el túnel a fondo, comprobando que se extendía bajo tierra, serpenteando hacia las proximidades del hospital, y de ahí se ramificaba hacia la vieja red de túneles que corría bajo el pueblo desde tiempos inmemoriales. La teoría del secuestro cobraba fuerza con cada nuevo paso en ese laberinto subterráneo, donde la humedad y el eco de sus propias pisadas creaban un ambiente sobrecogedor. Cada rincón oscuro parecía esconder algo que los vigilaba, una presencia que se movía entre las sombras, apenas perceptible.

A medida que se adentraban, los agentes encontraron nuevas pistas: dibujos hechos con palos en el suelo, pequeñas marcas de manos en la tierra. Era como si alguien hubiese intentado dejar huellas de su presencia, un desesperado intento de ser encontrados. Y entonces, volvieron a oírse unos gritos agudos, desgarradores, resonando en la profundidad del túnel, pero ahora mucho más cercanos.

La tensión en el aire era insoportable; el eco de los gritos rebotaba por los estrechos pasajes y hacía que todos sintieran que algo, o alguien, los observaba. Cada sonido, cada crujido del túnel, parecía el preludio de algo terrorífico a punto de revelarse. Nadie sabía si los gritos eran reales o simplemente el producto de sus peores temores tomando forma.

Lo que encontraron en el corazón del túnel no fueron a los niños, sino algo más siniestro: una habitación oculta, donde en una mesa de metal descansaban utensilios quirúrgicos manchados de sangre reseca. El olor era nauseabundo, una mezcla de carne putrefacta y miedo palpable. La neblina que levantaban los agentes al pisar el polvo acumulado en el suelo creaba un ambiente difícil de describir, haciendo que todos los presentes observaran aturdidos con el corazón encogido. Y entonces, un portazo sonó más adelante, por lo que varios agentes corrieron hacia ese punto. Al llegar, los gritos volvieron a oírse detrás de la puerta que acababa de cerrarse. Ya no eran ecos lejanos, sino palabras claras de niños pidiendo ayuda. Cada palabra retumbaba en sus mentes, un eco de sufrimiento imposible de ignorar.

Cuando consiguieron abrir la puerta, encontraron a tres niños de corta edad con las manos atadas a grilletes en la pared. Tras liberarlos, continuaron con la inspección ocular, dando con otro habitáculo donde se toparon horrorizados con los cuerpos sin vida de otros cuatro niños, a quienes les habían practicado una verdadera carnicería para extraerles diversos órganos. La escena era espeluznante, el aire impregnado de un hedor a muerte y sufrimiento que helaba los huesos. Los agentes, con el corazón encogido y la rabia contenida, no podían creer el horror que tenían delante. El ambiente estaba cargado de una angustia tan profunda que resultaba casi imposible respirar.

Nunca se detuvo a los autores y, una vez que se dio sepultura a los niños, los gritos desaparecieron para siempre. El caserón, que tantas veces había servido de modelo fotográfico, quedó en silencio. Ya no había voces que emergieran de la oscuridad ni ecos de sufrimiento atrapados entre sus muros. Los misterios del Caserón Soto del Henares se habían revelado, y con ellos, el dolor que habitaba en los túneles de Torrejón finalmente había encontrado descanso.

Deja un comentario