Los gritos volvieron a escucharse, esta vez tan desgarradores que parecieron surgir de la misma tierra. Eran aullidos de desesperación y sufrimiento que hicieron estremecer a los estudiantes de la clase de fotografía nocturna. El Caserón Soto del Henares, un edificio en ruinas devorado por la maleza y las leyendas, había sido elegido como escenario para sus prácticas. Pero lo que esa noche capturaron sus cámaras no fueron simples juegos de luces.
El aire estaba cargado de humedad y un hedor agrio a madera podrida y carne rancia. Los haces de luz temblorosos diseccionaban la oscuridad, pero no encontraron nada. Solo el eco de los gritos, cada vez más lejanos, cada vez más profundos.
A la mañana siguiente, movidos por una curiosidad malsana, algunos estudiantes volvieron. El caserón, a la luz del día, era aún más siniestro. Sus muros agrietados parecían vigilar a los intrusos. En una de las habitaciones, entre escombros y polvo, hallaron un hueco. No era una grieta natural: alguien lo había cubierto con maderas viejas. Con esfuerzo, removieron los restos y encontraron una abertura angosta que se hundía en la oscuridad. Un túnel.
El aire que emanaba de él era frío, gélido como un aliento muerto. El primer paso dentro del pasadizo fue como cruzar a otra realidad, una donde la luz no existía. Descendieron con cautela, y pronto sus linternas revelaron paredes de piedra cubiertas de moho y argollas oxidadas incrustadas en la roca. Cadenas colgaban de ellas, algunas con jirones de tela diminutos. Más adelante, encontraron restos de comida putrefacta y huesos pequeños. La respiración se les congeló en la garganta. Aquello no era un simple pasadizo subterráneo: era una prisión. O una tumba.
Recordaron las desapariciones de niños que cada invierno golpeaban Torrejón. Un manto de horror los envolvió cuando el eco de un susurro helado recorrió el corredor. Salieron corriendo.
La policía no tardó en llegar. Explorar los pasadizos les llevó días. Los túneles se extendían como venas enfermas bajo el pueblo, serpenteando bajo calles y edificios hasta conectarse con la antigua red de galerías subterráneas. Lo que encontraron hizo tambalear la cordura de los agentes: dibujos infantiles hechos con carbón en las paredes, huellas diminutas impresas en la tierra húmeda. Y cuchillos. Cuchillos de diferentes formas y tamaños, con rastros de sangre reseca.
Las investigaciones fueron archivadas. Pero los gritos no cesaron. Cada noche, en distintos puntos del pueblo, volvían a oírse lamentos, voces infantiles que parecían suplicar desde el subsuelo. La paranoia se apoderó de los habitantes de Torrejón, y la leyenda de «El Culebro» resurgió con fuerza. La criatura que habitaba los túneles desde tiempos inmemoriales exigía su tributo: niños para saciar su hambre y mantener el equilibrio entre el mundo de los vivos y el de los espectros.
Ante la falta de respuestas, la policía recurrió a Lucía Morales, una arqueóloga especializada en leyendas urbanas. Lucía conocía la historia mejor que nadie, pues de niña casi había sido una de las víctimas del Culebro. Su madre, conocedora de antiguos ritos, la rescató a tiempo. Aquel suceso la dejó marcada para siempre.
Bajaron juntos al caserón. Esta vez, el ambiente era distinto. El aire vibraba con una presencia latente. Al llegar al altar improvisado que los agentes habían encontrado días antes, notaron algo distinto. Sobre la piedra manchada de sangre había nuevas ofrendas: culebras decapitadas y hérmeticos tarros de cristal llenos de ojos humanos.
Un portazo resonó en el fondo del túnel. Corrieron tras el sonido. Detrás de una pesada puerta de hierro, oyeron lágrimas infantiles, gritos de auxilio. La abrieron a la fuerza y encontraron a tres niños encadenados a la pared.
La escena que los aguardaba en la habitación contigua fue una pesadilla hecha realidad. Sobre una mesa de piedra, cuatro cuerpos mutilados yacían con el pecho abierto. Les habían arrancado el corazón.
Los agentes retrocedieron, apenas conteniendo el vómito. Fue entonces cuando lo sintieron. No lo vieron llegar. Un siseo, como el roce de escamas contra la piedra. Algo frío, antiguo y despiadado se deslizaba en la oscuridad.
La linterna de uno de los agentes iluminó la escalera que descendía aún más en la penumbra. En las paredes, grabados de serpientes con fauces abiertas los observaban. En el suelo, decenas de culebras vivas se retorcían en un frenesí de movimiento.
Y entonces, lo vieron.
Una figura alargada emergió de la oscuridad. No era humano. No era bestia. Su piel era grisácea, cubierta de escamas agrietadas. Ojos de un rojo abrasador perforaban a los presentes con una inteligencia ancestral y despiadada. No caminaba: flotaba, o quizá se deslizaba a través de la realidad misma.
El Culebro rugió. Un sonido inhumano, profundo, que retumbó en los corredores. Las luces titilaron. Un aire helado recorrió el pasadizo. Las culebras comenzaron a arrastrarse hacia los pies de los agentes.
Lucía, con el terror agarrado a la garganta, recitó las palabras que su madre le enseñó. Un canto antiguo, olvidado, destinado a aplacar a la sombra de los túneles. Su voz titubeó, pero el efecto fue inmediato. El Culebro se detuvo. Sus ojos se fijaron en ella con un destello de reconocimiento. El aire vibró con un susurro primigenio.
Y entonces, como si la noche misma lo reclamara, se desvaneció en las profundidades.
Los niños fueron rescatados. El caserón, tapiado. Los túneles, sellados.
Pero Lucía sabía que la historia no había terminado. Cada solsticio de invierno, las familias de Torrejón aseguraban puertas y ventanas al anochecer. Sabían que el Culebro aguardaba. Paciente. Invisible. En la frontera del sueño, Lucía seguía viendo sus ojos incandescentes en la oscuridad.
La espera no había terminado. Solo había comenzado.