
La Casa de Baix la Mar
La arena fina de Palos de la Frontera aún se me pegaba a los zapatos cuando el autobús, tras un viaje interminable y las miradas curiosas hacia nuestro baúl gigante, nos dejó en una bulliciosa Denia. Era un cambio abrumador; del ritmo pausado y la tranquilidad del sur a una localidad llena de gente que se movía como un torrente constante. Pepita era mi nombre, tenía seis años y el mundo, antes limitado a marismas y sal, explotó en asombro y un escalofrío.
El baúl, nuestro arca, atrajo todas las miradas. En él viajaba nuestra vida andaluza de 1964. Las risitas y comentarios ajenos subrayaban nuestro desarraigo, una punzada que mi hermana mayor, María Rosa, capeaba con tensa dignidad.
Papá, con el rostro curtido, nos guio por calles desconocidas hasta Baix la Mar. El barrio olía intensamente a sal y pescado, distinto al aire de Huelva. Las casas bajas se apiñaban en callejuelas donde los niños gritaban en un idioma, el valenciano, que no comprendíamos.
Habíamos alquilado el nº 7 del Carrer Pont. La casa era grande y vieja, con una fachada resistente al salitre. Tras el portón carcomido, un silencio pesado precedía a un laberinto de habitaciones sin pasillos, con techos altos que nos empequeñecían. El suelo de baldosas blancas y negras y la mayoría rotas, era una trampa constante para mis dedos y los de Gloria, mi hermana pequeña. Recuerdo mi rodilla sangrando sobre el blanco roto tras una caída.
En la parte trasera, un patio con naranjos y una alberca oscura y misteriosa, rodeado de piedra musgosa. Mamá, Antoñita, prohibió acercarse, pero para mí, aquella especie de piscina me causaba una fascinación inquietante.
El mobiliario era espartano: camas que chirriaban con cada movimiento, sillas deshilachadas, una mesa de formica para todos. La radio era la ventana de Antoñita, llenando las noches con melodías y noticias lejanas.
En la cocina, el humo del hornillo de leña envolvía el aire mientras Antoñita cocinaba, como cada día, para siete bocas hambrientas.
—Milagros, Pepita, ir a por hielo a la fábrica.
Cada vez era lo mismo: el trayecto corto, pero eterno bajo el sol inclemente, cargando aquel bloque helado que se empeñaba en derretirse dentro de la bolsa de mimbre, empapándonos la ropa y pegándose como una segunda piel fría y molesta. La nevera de hielo, con sus herrumbrosas bisagras y ese runruneo de otro siglo, parecía burlarse de nuestro esfuerzo desde su rincón en la cocina.
Las paredes desnudas, pálidas y frías al principio, pronto se convirtieron en un mapa de nuestra historia. Mi madre las fue poblando con fotografías familiares, clavadas con chinchetas que dejaban pequeños agujeros como cicatrices. Eran faros descoloridos, imágenes ajadas por el tiempo que iluminaban nuestro origen. Entre ellas, siempre me detenía ante la de mi abuela María, con su mirada serena y ese pañuelo oscuro anudado al cuello. Se había quedado en Isla Cristina, anclada a sus costas y a sus recuerdos, hasta que la muerte de mi abuelo Pepe la trajo, silenciosa y doliente, a nuestra casa.
A él lo recordaba de niña con su uniforme de carabinero: la chaqueta azul con botones dorados, el brillo de las hebillas al sol, la dignidad recta de su espalda. Lo adoraba sin entender aún que los héroes también son de carne, y que las medallas no protegen del tiempo.
Para mí y mi inseparable hermana Mila, el patio se convirtió en nuestro reino. El portón chirriante marcaba la frontera con el barrio bullicioso. Cazábamos lagartijas y descubríamos hormigueros a las faldas del castillo imponente. Pero el pozo nos seguía atrayendo con su negrura y sus secretos imaginados.
El colegio frente a casa me intimidaba con su algarabía en un idioma desconocido. El primer día fue un torbellino incomprensible. «xiqueta», «bonica», «adéu» resonaban sin sentido, creando una barrera entre ellos y yo.
Una tarde, mamá nos llevó a la barbería. El olor a loción y tabaco, el barbero hablando en valenciano con Milagros mientras me sentaba en la silla alta, me angustió. «¡Me hago pis!», exclamé, huyendo del local, dejando a mi hermana y al barbero atónitos. Fue un grito silencioso de mi confusión.
Pero en aquel barrio extraño encontramos bondad. Doña Paquita, una vecina amable, tenía televisión. Ver dibujos animados con Milagros y mi hermano Enrique era una ventana a un mundo familiar, un respiro del desarraigo.
La casa, con sus imperfecciones, no era el hogar soñado, sino un lugar de transición. Pero para mí, se convirtió en algo más. Entre sus paredes, tejí mis primeros lazos con Denia. Cada rincón guardaba una historia: mi rodilla raspada, el eco en el patio, el frío del hielo. A pesar de sus carencias, la casa se grabó con fuerza en mi memoria infantil. Fue el primer escenario de mi nueva vida, donde miedos y descubrimientos se entrelazaron. Quizás fue la alberca o simplemente el primer techo en Denia donde, a pesar de la extrañeza, comenzamos a construir un nuevo hogar. No era bella, pero en su imperfección encontré un extraño sentido de pertenencia, una huella imborrable. Y aunque el piso de la calle San Pedro llegó, mi corazón infantil siempre se quedó jugando junto al portón y espiando el pozo de la casa de Baix la Mar.