La grieta en el techo del salón, justo encima de la mecedora de su abuela, había adquirido la forma caprichosa de una figura imaginaria. Don Anselmo la contemplaba con una mezcla de fastidio y familiaridad. «Parece la silueta de mi suegra”, murmuró para sí. «Igual de torcida y con tendencia a agrandarse con los años.».
Sus hijos, claro, la veían como un presagio de derrumbe. “Papá, por el amor de Dios, esto se cae a pedazos”, le había espetado su hijo Javier la última vez, señalando el desconchón en la pared donde antes colgaba el retrato de su abuelo. “Mejor para vosotros, si la casa se derrumbaba, al menos os ahorraré el costo del entierro”, pensaba en silencio mientras oía aquellas advertencias.
“En la residencia estarás calentito, con enfermeras y gente de tu edad para charlar.» El anciano resopló: ¿ Gente de mi edad? ¡Si la mayoría estarán criando malvas!, murmuró, acariciando el lomo áspero de Trueno, su mastín también entrado en años, cuyo pelaje canoso se mimetizaba con el polvo acumulado en el suelo de las baldosas.
La casa era un organismo vivo, con sus achaques y recuerdos incrustados en cada rincón. El olor a madera de pino envejecida, mezclado con el aroma ahumado y penetrante del hollín acumulado en la chimenea, constituía su aliento. La luz oblicua que se filtraba por los cristales empañados dibujaba fantasmas en las paredes, sombras de quienes ya no estaban. Las estanterías, repletas principalmente de volúmenes de filosofía y teología —como correspondía a sus largos años como profesor en la Universidad Pontificia de Comillas—, sostenían tesoros como la Enciclopedia Británica en impecable inglés y la Espasa Calpe completa con sus setenta y dos volúmenes y diez apéndices adicionales.
La alacena de la cocina, con sus estantes desvencijados, atesoraba tarros vacíos de membrillo casero, botes de comida embotada y latas de conservas que constituían su sustento diario. Entre ellos descansaba una notable colección de botellas de vino, la mayoría añejadas por el obstinado paso del tiempo.
El pueblo, Villaseca del Olmo, era un esqueleto de lo que fue. Don Anselmo paseaba a Trueno por las calles desiertas, saludando a las casas tapiadas como si aún estuvieran habitadas. “Buenos días, casa de la Petra. ¿Qué tal el reuma? Ah, no me digas nada, que ya lo veo en tus grietas.” La plaza mayor, donde antaño resonaban las risas de los niños y el pregón del alcalde, era ahora un erial cubierto de hierbas silvestres. La iglesia, con su campanario mudo, era un testimonio silencioso de la fe olvidada. “Mira, Trueno”, decía a su compañero canino, cuya sordera selectiva le permitía ignorar las divagaciones de su amo, “aquí jugábamos a las canicas con el Cirilo. ¡Qué bribón era, siempre hacía trampas!”. Trueno bostezaba, ajeno a las nostalgias humanas.
A veces, encontraba humor en su peculiar situación. “¿Quién iba a decir que a mi edad iba a convertirme en el alcalde de un pueblo fantasma?”, se decía mientras espantaba a un conejo que había osado instalarse en el antiguo quiosco de la música. La ironía de ser el último habitante, el guardián de un silencio sepulcral, le arrancaba una sonrisa amarga. Recordaba las palabras de su mujer, Sofía, fallecida hacía ya veinte años: “Anselmo, eres más terco que una mula, parece mentira que hayas sido profesor de teología”. Y tenía razón. Su terquedad era un escudo contra la pena, una forma de resistencia ante el implacable avance del tiempo.
La soledad era un huésped constante, un fantasma invisible que se sentaba a su mesa y dormía a los pies de su cama. Los recuerdos, aunque dulces, también eran punzantes, como astillas clavadas en el corazón. Echaba de menos las conversaciones con los vecinos en el bar, el olor a pan recién horneado de la panadería de Remigio, el sonido de las campanas llamando a misa. Todo eso se había ido, dejando un vacío que ni siquiera la leal compañía de Trueno podía llenar por completo.
Sus hijos lo visitaban esporádicamente, con la misma cantinela de la residencia. Le hablaban de comodidades, de seguridad, de no estar solo. Don Anselmo los escuchaba con paciencia, asintiendo con la cabeza, pero su mirada se perdía en el horizonte, más allá de los campos abandonados, hacia un pasado que solo él podía ver. “La felicidad no está en tener muchas cosas, hijos”, les decía con voz cansada, “sino en estar donde uno pertenece. Y yo pertenezco aquí, a esta tierra, a esta casa, a este silencio”.
Una tarde de otoño, el aire denso y dorado se colaba por las ventanas entreabiertas de la vivienda. Don Anselmo estaba sentado en su mecedora con Trueno acurrucado a sus pies, roncando suavemente. No sentía el habitual dolor en las articulaciones, ni la punzada de la soledad era tan intensa como de costumbre.
Había pasado la mañana revolviendo viejas fotografías. Estaban allí todos: sus padres jóvenes y sonrientes, Sofía con su vestido de novia, sus hijos de niños correteando por la plaza ahora desierta. Cada rostro, cada instante capturado en papel amarillento, era un eco de una vida plena, vivida con intensidad en aquel rincón del mundo.
Trueno levantó la cabeza, sus ojos nublados buscando los de su amo, antes de volver a dormitar. Su dueño le acarició la oreja con la mano temblorosa. “Buen chico, Trueno”, murmuró, la voz apenas un susurro. Sentía una paz extraña, una quietud que nunca había experimentado. Era como si el propio pueblo, la casa, el aire que respiraba, lo estuvieran envolviendo en un abrazo final.
Cerró los ojos con lentitud. La imagen de Sofía le vino a la mente con una claridad sorprendente: su risa cristalina, el brillo de sus ojos, el tacto cálido de su mano. Sintió como si ella estuviera allí, esperándolo al final de un largo camino.
Cuando la noche cubrió por completo Villaseca del Olmo, la luna llena proyectaba sombras alargadas sobre las moradas vacías. En el interior del viejo caserón, don Anselmo seguía sentado en su mecedora, con una sonrisa tenue dibujada en los labios. Su mano descansaba inmóvil sobre el pelaje de Trueno. La vida, con sus alegrías y sus penas, sus recuerdos y sus silencios, se había desvanecido como una suave brisa de otoño. A la mañana siguiente, el sol encontró al anciano en su mecedora, inmóvil, con la mirada perdida en el mapa imaginario del techo. Trueno yacía a sus pies, lamiéndole la mano con pequeños gemidos. El último habitante de Villaseca del Olmo había encontrado la paz, fundiéndose finalmente con la tierra que tanto amaba, con la casa que había sido testigo de su vida.