
La memoria es un arquitecto borracho. Veinticinco años después, los detalles se pudren, pero la sensación permanece intacta: aquella humedad que se pegaba a la piel como una segunda dermis, y la soberbia de nuestros veintitantos años, creyendo que una semana de fiesta nacional equivalía a una conquista. Íbamos a Livingston. La frase sola —«el Caribe guatemalteco»— evocaba postales de lino blanco y ron añejo bajo palmeras dóciles. La agencia de viajes, cómplice de nuestro autoengaño, sugirió hacer el viaje en «avioneta». Solo para los seis incautos que planeamos aquella aventura.
Éramos Juan, el ligón profesional; Miguel, cuya prominente barriga presagiaba que nos esperaban litros de cerveza; Carlos, que medía el mundo en comparaciones automovilísticas; Lenin —apodo ganado por sus diatribas anticapitalistas que nunca impedían que pidiera la cuenta dividida—, y yo, convencido de que mi pragmatismo me hacía inmune al desastre. El sexto era Andrés, que apenas hablaba, pero cargaba una cámara réflex como quien porta un salvoconducto contra el caos.
—Suena pintoresco —dijo Juan.
—Menudo capricho burgués —se quejó Lenin—. Y encima nos va a costar un ojo de la cara.
Finalmente, el pacto con el absurdo se firmó. En el Aeropuerto Internacional La Aurora, preguntamos por el mostrador de Airtikal Airlines. La sonrisa burlona de la azafata nos descolocó más de lo que ya estábamos.
—No hay mostrador. Sigan la línea azul pintada sobre el asfalto de la pista de servicio, hasta que lleguen a unos hangares. No tiene pérdida —dijo la mujer del mostrador de información, su voz neutra, con un dejo de ironía.
Arrastramos las maletas sobre el alquitrán reblandecido durante más de un kilómetro. El rugido de un 747 despegando a nuestra izquierda nos sacudió el esternón.
—¿Esto es legal? —jadeó Juan, la camisa ya transparente.
—Es Centroamérica —respondí, aunque no sabía qué significaba eso. Creía que era una respuesta ingeniosa. Era, simplemente, la verdad.
El hangar era una chapa metálica con el logo de «Airtikal Airlines CO» desvaído por el óxido. Debajo, la avioneta: un insecto de aluminio mal ensamblado, con el tren de aterrizaje de un carrito de supermercado y la credibilidad aeronáutica de un origami en medio de un huracán.
—Vaya tela. Esto no inspira confianza precisamente —comentó Lenin, echando más leña al fuego de aquella brillante idea.
Y entonces, llegó el pick-up.
Descargaron cajas. Jaulas. Gallinas. Decenas de ellas. El cacareo histérico cortó el calor como un cuchillo oxidado. Metieron las aves al final de la nave que hacía de bodega.
Poco después, los pilotos. Desaliñados, las camisas blancas con mapas de sudor y manchas de un almuerzo lejano. El capitán, Tojil, nos sonrió. Su dentadura era un cementerio abandonado.
—¿Listos, íberos?
Nos quedamos callados, sin entender muy bien si eso era una broma o un insulto.
Nos indicó la única puerta lateral de la avioneta, invitándonos a pasar a su interior.
—Pasen, acomódense donde gusten.
Dentro del habitáculo había diez butacas colocadas en dos filas, justo detrás de las dos reservadas para los pilotos y delante de las jaulas de las gallinas. Nos hundimos en asientos cuyos muelles nos investigaban las vértebras. Miguel, el más corpulento, fue engullido por el suyo; tuvimos que sacarlo entre dos para que probara otro menos voraz.
—Mi primer 600 estaba mejor —masculló Carlos.
El motor tosió, escupió humo y el mundo se disolvió en una vibración frenética. Al ascender, la física hizo su trabajo. Las jaulas se volcaron.
El caos fue inmediato. Un estallido de plumas blancas y marrones llenó la cabina. Las gallinas, liberadas de la gravedad, pero no del pánico, intentaron volar. El aire se espesó con el olor a amoníaco aviar y un ruido que era mitad motor, mitad apocalipsis de corral.
Una gallina aterrizó en el regazo de Juan, quien intentó apartarla con gestos de kung-fu improvisado. Otra se aferró al respaldo del asiento de Carlos, cacareando directamente en su oído. Andrés, en un acto reflejo, levantó la cámara y disparó una foto. El flash desató un nuevo estallido de histeria avícola.
—¡Me cago en la leche, esto es un gallinero con alas! —gritó Lenin, escupiendo una pluma.
Tojil se giró, su calma era geológica.
—Tranquilos. Se duermen en cinco minutos. Son gallinas viajeras. Hacen esta ruta dos veces por semana.
Efectivamente, al poco tiempo las gallinas se acomodaron al fondo de la aeronave y entraron en fase REM.
Lenin, para variar, soltó otra de sus ocurrencias en voz baja.
—¿Sabéis lo que pienso? Que, en realidad, esto es un cargamento de pollos y nosotros éramos el equipaje de mano.
Tras una hora de sacudidas, la voz de Tojil crujió en la cabina.
—Abróchense los cinturones. Aterrizamos en el Aeropuerto Internacional de Flores. Escala técnica.
Miré hacia abajo buscando mis cinturones. No había cinturones. Miré por la ventanilla buscando el aeropuerto. No había aeropuerto.
Había una herida roja en mitad de la selva. Un tajo de tierra apisonada que la vegetación intentaba devorar por los bordes. La avioneta golpeó el suelo, rebotó tres veces y se detuvo a escasos metros de un muro de árboles impenetrable.
—Internacional —dije, incrédulo.
Tojil apagó el motor. El silencio fue más ruidoso que las gallinas.
—Claro. Vienen de Belice. Cuando no llueve. ¿Qué más internacional que eso?
Ixtab, el contacto de la agencia, nos esperaba con una furgoneta destartalada junto a la pista de aterrizaje. Su piel era cuero curtido por soles que nosotros aún no conocíamos
Tres horas de carretera después, tras un segundo vuelo igual de caótico pero con menos plumas, llegamos al embarcadero del Río Dulce. Nos guio a la barca que nos llevaría a Livingston. El río se estrechaba entre paredes de selva mientras el cielo se incendiaba y moría, dejándonos en la oscuridad total del trópico.
El hotel Villa Caribe nos ofreció cabañas con techo de paja. El ron Zacapa intentó restaurar la normalidad. Fracasó.
Agotados, apagamos la luz.
Entonces, el sonido. Un roce seco, colectivo, sobre nuestras cabezas. Un movimiento de paja inquietante y deliberado.
—¿Qué demonios…? —susurró Miguel.
Encendimos la luz. El techo estaba vivo. Eran arañas. No arañas domésticas; eran tarántulas del tamaño de una mano adulta, negras, peludas, moviéndose con eficiencia entre el entramado de paja.
Llamamos a recepción. El pánico nos agudizaba la voz.
—Ah, sí. Las arañas —dijo el recepcionista. Su tono era el de quien confirma una reserva de cena—. Son las guardianas. Comen los insectos, los mosquitos. Son inofensivas.
Hizo una pausa. El silencio telefónico pesaba como una losa.
—…Casi siempre.
Pedimos mudarnos a habitaciones de mampostería, con techo «como Dios manda». No era posible, el hotel estaba lleno. Aquella primera noche la pasamos en duermevela, cada crujido del edificio transformándose en el roce de ocho patas acercándose. Lenin propuso turnos de vigilancia. Juan sugirió dormir con los zapatos puestos. Miguel simplemente se sentó en una silla con una escoba, negándose a acostarse. El sueño nos venció al amanecer, cuando las tarántulas, supusimos, también dormían.
Al día siguiente, Ixtab, nuestro guía enigmático, propuso un baño en el río. Una zona «tranquila», dijo. El agua era cristalina, un alivio contra el calor pegajoso. Nadamos con el alivio de quien ha sobrevivido a las aves y a los arácnidos.
Entonces, el grito ahogado de Juan.
—¡Algo me ha rozado! ¡Grande!
Buscamos a Ixtab en la orilla. Nos miraba. Fumaba. Y sonreía.
—Ah. Los caimanes —dijo, con esa tranquilidad pasmosa del que ha visto todo—. No se preocupen.
Soltó el humo lentamente.
—No suelen comer carne humana.
Nunca he visto a seis hombres caminar sobre el agua. El regreso a la orilla fue una explosión de espuma y adrenalina. Llegamos jadeando, arañándonos unos a otros en nuestra desesperación por tocar tierra firme. En la orilla, Ixtab estalló en una carcajada que retumbó sobre el río y se perdió entre la selva.
Ese día entendí la ironía. No éramos turistas visitando un país. Éramos la broma privada de Guatemala.