
Madrid, 1991. Expediente 2507-X. Clasificación: A1
I. El Impacto y la Evidencia No Humana
La llamada de Paco, mi hermano, irrumpió a las 6:30 AM, desgarrando el silencio denso y plomizo de mi apartamento en Barajas. Vigilante nocturno, acababa de terminar su turno en Guadalajara. Pero su voz no portaba el arrastre del cansancio, sino un pánico seco, encapsulado en frío.
—Pedro, he atropellado algo en Torrejón… y se lo han llevado. Nadie me va a creer.
Llegué a la Avenida de Madrid, cerca del Parque de las Veredillas, y encontré a Paco apoyado en el capó abollado de su Xantia. Tenía los ojos inyectados y una mirada que oscilaba entre la incredulidad y la náusea. No había patrullas, ni sirenas, ni el eco de un tumulto. Lo más inquietante: no había una sola huella de frenada ni una mancha de sangre en el asfalto. El único testigo mudo era el coche, con su parachoques delantero hundido de una forma antinatural, como si el impacto hubiera sido contra una masa firme pero cedente.
—Era altísimo, Pedro. Pelo blanco, delgado, con unos hombros que no cuadraban —musitó Paco, con la garganta áspera—. Lo toqué para ver si respiraba, y entonces llegó esa ambulancia… militar. Cuatro hombres con traje oscuro. Lo envolvieron en una bolsa de polietileno gris, hermética, y se fueron. En silencio total. Como si fueran sombras que recogían un encargo.
El verdadero punto de inflexión no estaba en el relato de mi hermano, sino en la evidencia adherida al metal deformado del frontal. No era tejido, ni fragmentos óseos. Era una sustancia gelatinosa, extrañamente viscosa, de una tonalidad esmeralda enfermiza, con hebras finas y pálidas incrustadas. Una masa biológica que se negaba a cualquier taxonomía terrestre. Retiramos una muestra en una bolsa de congelación antes de llevar el coche al lavadero. Era la prueba tangible: lo que mi hermano había atropellado no era «un hombre».
II. El Bar Manolo, carretera de Ajalvir
Moví mis contactos. Un buen amigo que trabajaba en logística dentro de la base aérea de Torrejón me dio un nombre: Teniente Smith, adscrito a inteligencia aérea. Y una advertencia lapidaria: «Si vas a tocar eso, no me menciones. Jamás.»
Smith llegó puntual al Bar Manolo, un tugurio de carretera con olor a fritanga y gasóleo. Vestía de civil, pero bajo la camisa se adivinaba esa rigidez militar que ningún uniforme consigue borrar. Cincuentón, pelo rapado y unas gafas de sol que no se quitó. El cuello de su camisa estaba impecable, aunque en las arrugas de sus ojos se leía la derrota rutinaria de quien lidia con la curiosidad ajena. Hablaba un castellano duro, resistente. Le conté el suceso de forma directa: el impacto, la ambulancia sin aviso, la bolsa plástica, el silencio, la gelatina.
Smith me escuchó con una educación impecable y una especie de hastío moral. Tomó un sorbo lento de su café con leche.
—Tu hermano estuvo en el lugar equivocado a la hora equivocada —dijo, sin un ápice de dramatismo—. Lo que vio… es mejor que lo devuelva al olvido.
—¿Qué se llevaron? —pregunté, empujando mi taza.
Se inclinó, bajando la voz con una naturalidad calculada.
—Aquí también tenemos un área restringida. No le ponemos nombres de dibujos animados, pero puede imaginar la función —dijo—. Hay material que es mejor que no entre en conversación. Crea radiación.
Se levantó, deslizó un billete arrugado bajo el cenicero y, antes de desaparecer por la puerta, me ofreció una pista que sonó más a condena que a favor.
—Busque Talavera, setenta y seis. Si le sirve de algo.
III. La Conexión Talavera
Mi investigación dejó de ser periodismo y se convirtió en una obsesión fría: remover archivos polvorientos, buscar a jubilados con la memoria todavía intacta, pasar horas con las manos sucias en hemerotecas.
La clave estaba, como Smith insinuó, en el complejo de Conde Duque. Encontré un recorte de prensa de 1976 que me paralizó:
INCIDENTE DE TALAVERA LA REAL (BADAJOZ), 1976
En la noche del 12 de noviembre de 1976, en la Base Aérea de Talavera La Real, dos centinelas fueron testigos de un encuentro que redefinió los límites de su realidad. Según testimonios recogidos (incluyendo el del soldado José Manuel Trejo), una gigantesca esfera de luz pulsante apareció sobre las instalaciones. De ella, surgió una figura humanoide de enormes proporciones que parecía estar flotando.
Dada la tensión del momento —un país en transición, bases repletas de armamento—, los soldados abrieron fuego. El incidente es conocido popularmente como el del «Hombre Verde» de Talavera.
Lo más perturbador: el humanoide desapareció en un «flashazo» de luz blanca. Aunque la versión oficial habló de una alucinación masiva, el rumor persistente en círculos militares siempre ha sido el mismo: algo se estrelló y parte del material y de la tripulación fue recuperado por fuerzas de élite… y trasladado a un lugar seguro en una base con mayor capacidad de ocultación.
Lo leí tres veces. En la descripción del ser había una economía de adjetivos que me hirió por su precisión: alto, blanco, silencioso. La prudencia del lenguaje militar resultaba más inquietante que cualquier relato de ciencia ficción.
Esa noche llegué a casa con la cabeza ardiendo. Saqué del trastero la bolsa que contenía la sustancia esmeralda y la puse sobre la mesa como quien devuelve un pez al agua. Al abrirla, el aire se llenó de un olor acre y metálico. En la penumbra de mi estudio, la gelatina parecía emitir una fosforescencia apagada, como si hubiera absorbido la luz de la mañana y ahora la devolviera a regañadientes. No me atreví a tocarla. La sellé en otra bolsa. Aun así, tuve la sensación de que, durante un rato, algo siguió respirando un poco más dentro del plástico.
Epílogo
Aquel atropello de 1991 era la prueba: uno de esos «ocupantes sobrevivientes» estaba suelto, cerca de un punto clave para las fuerzas americanas. La ambulancia y los hombres de traje no eran paramédicos: eran un equipo de recuperación militar, entrenado para borrar un rastro que producía… gelatina.
Guardé los archivos y la muestra de la sustancia verde en una caja sellada. La base de Torrejón ya no era solo una instalación militar. Era la punta de un iceberg enterrado, nuestro Roswell local.
¿Quiénes eran esos seres? ¿Existían más de ellos, escondidos bajo el asfalto de las bases? ¿Y si la gelatina esmeralda era lo único que quedaba de una forma de vida que había cruzado billones de kilómetros solo para ser atropellada en una calle cualquiera de Torrejón de Ardoz?
La noche me devolvía preguntas que el día, con su luz oficial, se negaba a responder. El expediente estaba abierto. Y la verdad, temía, estaba mucho más lejos y era mucho más viscosa de lo que jamás podríamos imaginar.
Vídeo sobre el asunto de Talavera La Real
https://youtu.be/CqO3oTfITm0?si=gXbyLhkZs0Dv22Rz