Cuando me jubilé, entendí que las excusas se habían terminado. Durante años retrasé las decisiones difíciles creyendo que todo se arreglaría cuando tuviera tiempo. El tiempo llegó, y con él la certeza de que la casa se nos caía encima y nadie sabía cómo frenar el derrumbe.
La idea del pueblo surgió de forma natural. No fue por nostalgia, sino porque parecía una salida limpia, sin complicaciones. Queríamos sacar a los chicos de la ciudad, de las malas compañías y de todo aquello que no lográbamos comprender ni atajar. Queríamos cortar por lo sano. Ella reaccionó como siempre: con rabia y desprecio. Su problema era evidente; se aferraba a esa estética de rasta y remiendo, a ese léxico de barricada y al rastro a hachís que dejaba al pasar. Se había mimetizado por completo con los que llaman perroflautas, como si en ellos encontrara su bandera y su refugio. Me hizo gracia cuando nos echó en cara que la consideráramos una perroflauta, jamás había oído esa palabra, pero si, después de indagar un poco efectivamente mi hija era una fiel representante de ese tipo de gente.
Se plantaba ante nosotros con una actitud pasota, casi ausente, pero siempre hostil, como si habitáramos bandos de una guerra que solo ella entendía. Sospechaba de los porros no solo por el olor que se le pegaba a la ropa, sino por esa incongruencia en sus reacciones, un pasotismo que me resultaba insoportable. Con ella, al menos, sabíamos dónde estaba la batalla. El chico no decía nada. Nunca decía nada.
En el pueblo la vida parecía más fácil. Calles cortas, días idénticos. No había sitios donde esconderse. Pensé que el silencio nos ayudaría a recomponer la familia, a escucharnos de verdad. Él pasaba las horas con el móvil. No me preocupó. No bebía, no fumaba, no salía de casa. Dormía poco, sí, pero siempre había sido así. Lo veía como un chico introvertido que solo necesitaba algo de paz. Creí que lo estábamos protegiendo.
A ella la vigilábamos sin descanso. Era inevitable. Siempre estaba a punto de estallar, desafiando cualquier norma para ver hasta dónde podía llegar. Yo estaba convencido de que, si lográbamos enderezarla a ella, el resto vendría solo. No recuerdo haberle preguntado nunca a mi hijo qué hacía con el teléfono. Le pedía que lo dejara en la mesa al cenar y obedecía. Con eso me bastaba.
Pensé que el peligro tenía una cara reconocible, que se presentaba siempre de frente. El día que todo ocurrió empezó como cualquier otro. Desayuno mudo. Mi mujer cansada. Ella ausente. Él con el móvil apoyado en la taza, como si fuera una extensión de su mano. Le pedí que lo guardara y lo hizo.
Como todos los días salí de casa, necesitaba dar un paseo, respirar el aire fresco de la mañana, saludar al carnicero, comprar el pan. Al volver, la casa estaba demasiado quieta. Tuve un mal presentimiento.
Desde el primer día supe que aquello no era una mudanza, era un castigo. No lo dijeron, pero no hacía falta. Yo era el problema, el ruido, la vergüenza de la familia. El pueblo era la forma elegante de encerrarme. Allí me sentía de más. Las calles parecían juzgarme antes incluso de que la gente me conociera.
Mi hermano se encerró en su cuarto nada más llegar. Cerró la puerta y desapareció de la vista de todos. A mí me vigilaban. A él lo dejaban en paz. Por la noche lo oía salir. Siempre tarde, siempre sin hacer ruido. Volvía antes de que saliera el sol. Por la mañana tenía los ojos hundidos, la piel pálida y una sonrisa rara que no encajaba aquí.
Me tenía intrigada, así que le espié el celular. Todos los días la misma rutina: por la tarde se conectaba un grupo de esos que se ponen retos extremos. Unos flipaos de cuidado . Se lo dije a mi madre. Me respondió que exageraba, que solo pensaba en mí misma. Pero yo veía lo que ellos no querían mirar. Mi hermano no estaba solo. Nunca lo estuvo. A veces se reía frente a la pantalla y otras se quedaba quieto, rígido, como si le hubieran dicho algo que no sabía cómo tragar.
Yo me escapaba en cuanto podía. No por volver a lo de antes, sino porque en esa casa me ahogaba. Todos pendientes de mí, mientras él se deshacía en silencio delante de sus narices. El día que pasó todo yo no estaba. Había cogido el último autobús para irme unas horas. Cuando regresé, vi las luces desde lejos. Por primera vez supe que esta vez no iba a ser yo la culpable.
Lo encontraron en el viejo almacén al final del camino, un sitio donde ya nadie guardaba nada. El cuerpo estaba torcido, como si hubiera intentado corregir la caída en el último segundo. Todo indicaba que había saltado desde un chaflán, a más de más de tres metros de altura. Tenía las manos manchadas de tierra y una uña rota.
Cuando llegó la ambulancia, todavía respiraba. Poco, mal, con los pulmones llenándose muy despacio. Miraba a un punto fijo, como si siguiera leyendo algo que ya no estaba delante de él. Murió antes de llegar al hospital.
En el teléfono encontraron lo que nadie quiso buscar mientras vivía: mensajes de madrugada, nombres falsos, cuentas que desaparecían al abrirlas. Retos pequeños al principio. Luego más largos, más precisos, más crueles. Siempre una voz animándolo; siempre otra metiéndole prisa. Nunca una que le preguntara cómo se sentía.
Nadie en esa casa leyó los mensajes a tiempo. Nadie pensó que el silencio también era un idioma. Mientras los padres se relajaban creyendo que lo habían alejado del peligro, el chico aprendía a obedecer a desconocidos que sabían exactamente qué decirle para romperlo. Cada noche un poco más lejos. Cada madrugada más solo.
No dejó nota. No hizo ruido. No pidió ayuda. El padre llegó cuando ya no servía de nada. Se quedó de pie, sin tocarlo, mirando el cuerpo como si esperara que alguien le explicara qué había ocurrido. En el pueblo, al día siguiente, los vecinos comentaron que era un chico muy tranquilo. Que esas cosas no se ven venir. Que hoy en día la juventud está perdida.
La casa volvió a cerrarse en silencio. Nadie volvió a mirar el móvil que quedó olvidado sobre la mesa. Al final, el único hijo que no dio problemas fue el que aprendió a morir sin molestar a nadie.