El Ateneo inesperado. Crónicas del Bar Manolo

Prólogo: El Bar de los Filósofos sin Título y una Inquietante Grieta

El Bar Manolo no aparece en ninguna guía turística. Tampoco tiene página web, ni cuenta de Instagram donde presumir de tapas deconstruidas. Es más, ni siquiera tiene un cartel decente; las letras doradas que algún día brillaron sobre la puerta ahora son apenas visibles, como cicatrices de otro tiempo. Pero para nosotros, los jubilados del barrio, es nuestro particular Ateneo, nuestra universidad de la vida, nuestro confesionario laico donde las cañas curan más que las aspirinas y donde las soluciones a los problemas del mundo se encuentran entre el dominó de las cuatro y el telediario de las nueve.
Llevo viniendo aquí desde que me jubilé hace cinco años. Al principio, venía con la excusa de tomarme el café, pero ahora vengo porque este lugar se ha convertido en mi segunda casa. O quizás la primera, considerando que paso aquí más tiempo despierto que en mi propio salón. Manolo, el dueño, un tipo de esos que nacieron con un trapo en la mano y la filosofía del «aquí no se fía» grabada en el ADN, nos conoce a todos por nuestros nombres, nuestras manías y nuestras bebidas preferidas.
—Buenos días, señores filósofos —nos saluda cada mañana con su particular sorna —. ¿Qué problema mundial vamos a resolver hoy?
Y es que en este bar, entre el aire denso y húmedo que, sin humo visible, aún conservaba la memoria de las charlas de antaño, una presencia fantasmal que se aferraba a las paredes enmohecidas del recuerdo, se han resuelto más crisis que en el Congreso. Aquí hemos solucionado la economía nacional al menos tres veces por semana, hemos diseñado el once ideal de la selección española, y hemos diagnosticado y curado todas las enfermedades conocidas por el hombre. Todo ello, por supuesto, sin movernos de nuestras sillas, que ya tienen la forma exacta de nuestros traseros después de tantas horas de tertulia.
Pero aquella mañana de primavera, mientras Manolo limpiaba con un gesto rítmico la barra de zinc y la cafetera escupía su vapor con un silbido familiar, mi mirada se detuvo en algo nuevo. Una grieta fina, casi imperceptible, se abría en la pared junto a la máquina de tabaco. No era la primera grieta que veía en el viejo bar, pero esta parecía diferente, una cicatriz fresca que me provocó un escalofrío. Era como si el propio edificio, nuestro Ateneo, también empezara a sentir el peso del tiempo y la amenaza silenciosa de la modernidad que, fuera de estas paredes, avanzaba sin piedad. Aquella grieta, insignificante a primera vista, se convertiría en un recordatorio constante, un sutil hilo de inquietud que nos uniría, sin saberlo, a todos los habituales en los días venideros.


Capítulo 1: Pepe y el arte de la siesta elevado a ciencia

Pero si hay alguien que merece un doctorado honoris causa por la Universidad de la Vida, ese es Pepe. Pepe el de las Tres Siestas, como le hemos bautizado. Un hombre que ha convertido el noble arte del descanso en una disciplina olímpica.
Era martes, uno de esos martes anodinos de octubre donde el sol todavía calienta pero ya no abrasa , cuando Pepe entró en el bar con su característica parsimonia. Caminaba como si el tiempo no existiera, como si cada paso fuera una declaración de independencia contra la prisa moderna. El tintineo de las fichas de dominó se detuvo por un instante.
—Hombre, Pepe, ¿de dónde vienes? —le preguntó Antonio, que estaba enfrascado en una partida de dominó donde llevaba perdiendo desde hacía media hora pero se negaba a admitirlo.
Pepe se acomodó en su taburete de siempre, ese que está justo en el ángulo perfecto para ver la tele, la puerta y la barra sin tener que girar demasiado el cuello, y soltó la frase que pasaría a los anales de la historia del bar:
—Vengo de mi segunda siesta del día.
El dominó de Antonio quedó suspendido en el aire. Manolo dejó de secar el vaso que llevaba secando los últimos diez minutos. Hasta la mosca que revoloteaba cerca del azucarero pareció detenerse para escuchar mejor.
—¿Cuántas te echas? —preguntó Antonio con la incredulidad pintada en la cara.
Pepe pidió su cortado de siempre con un gesto, se acomodó mejor en el taburete, y comenzó su disertación doctoral sobre el arte del buen vivir:
—Mira, Antonio, el problema de la sociedad moderna es que no sabe descansar. Vivimos en un mundo que nos ha convencido de que dormir es perder el tiempo, cuando en realidad es ganarlo. Yo tengo mi sistema perfectamente estudiado. Primero está la siesta del carnero, esa de media mañana, unos veinte minutos justos después del segundo café. Es la que te prepara para el resto del día, como el calentamiento antes del partido.
Manolo dejó el cortado en la barra con la precisión de un cirujano. Pepe le dio un sorbo, saboreándolo como si fuera el néctar de los dioses, y continuó:
—Luego viene la siesta reglamentaria, la de después de comer. Esa es sagrada, intocable. Una hora mínimo, hora y media si el cuerpo lo pide. Es la que nos han enseñado nuestros padres y nuestros abuelos, la que está en nuestro ADN mediterráneo. Además, si no la echo, me quitan la paga de jubilado. Está en la letra pequeña del contrato con la Seguridad Social, estoy seguro.
Un murmullo de aprobación recorrió las mesas. La sabiduría perezosa de Pepe se imponía con la fuerza de un axioma innegable.
—Y finalmente —prosiguió, adoptando el tono de un catedrático llegando al clímax de su conferencia — está la mejor de todas: la siesta pre-nocturna. Esa que te echas viendo la tele antes de irte a la cama. Esa que tu mujer dice que no es siesta, que es quedarte dormido, pero que en realidad es la más reparadora de todas. Es la que te prepara para el sueño profundo de la noche. Es como el aperitivo antes de la cena.
—Joder, Pepe —intervino Ramón desde la mesa del fondo—, tú no vives, tú hibernas.
—No, Ramón —respondió Pepe con la solemnidad de un sabio antiguo—. Yo no hiberno. Yo he descubierto el secreto de la longevidad. ¿Sabéis cuál es el animal que más vive? La tortuga. ¿Y sabéis qué hace la tortuga la mayor parte del tiempo? Exacto. Descansar.
La lógica era irrefutable. Incluso Manolo, que normalmente se mantenía al margen de nuestras discusiones filosóficas, asintió con aprobación.
—Además —añadió Pepe, ya lanzado—, ¿habéis visto alguna vez a una tortuga estresada? ¿Habéis visto a una tortuga con ansiedad, con depresión, con el síndrome del trabajador quemado? No, señores. Las tortugas viven felices, tranquilas y llegan a los ciento cincuenta años. Yo aspiro modestamente a los cien.


Capítulo 2: Remigio y la filosofía del vino

Si Pepe era nuestro gurú del descanso , Remigio era nuestro filósofo de cabecera. Un hombre que había leído más libros que todos nosotros juntos y que tenía la peculiar habilidad de convertir cualquier conversación trivial en un tratado de filosofía existencial.
Era viernes por la tarde, la hora sagrada del vermú , cuando Remigio llegó con su boina calada y su bastón que no necesitaba pero que llevaba porque, según él, «le daba un aire distinguido». Nos reunimos en la mesa grande del fondo, la que Manolo reserva para las ocasiones especiales o para cuando sabe que vamos a estar horas filosofando y consumiendo. El vino corría con la generosidad propia de un viernes, y la conversación saltaba de un tema a otro como una pelota de ping pong.
Hablamos del gobierno, del tiempo, del precio de las patatas, de la nueva novia del nieto de Carmen, de si el Real Madrid ficharía a no sé quién… La típica tertulia de bar donde se mezcla lo trascendental con lo mundano sin ningún tipo de jerarquía.
Fue entonces cuando Paco, que había estado callado toda la tarde, cosa rara en él, soltó de pronto:
—Es que ya nadie escucha. La gente habla y habla pero nadie escucha de verdad.
Remigio, que estaba a punto de llevarse el vaso a los labios, se detuvo. Sus ojos brillaron con ese destello particular que indicaba que estaba a punto de soltar una de sus disertaciones. Dejó el vaso en la mesa con cuidado, se acomodó en la silla, y comenzó:
—Paco, querido amigo, has tocado uno de los grandes males de nuestro tiempo. La incapacidad para escuchar no es solo un defecto, es una epidemia. Una pandemia silenciosa que afecta a estos bípedos que llamamos seres humanos.
—Bípedos, dice —murmuró Antonio—. Este Remigio siempre tan fino.
Remigio ignoró el comentario y continuó:
—La característica común de estos bípedos es que son narcisistas e insensibles. Una simbiosis perfecta entre charlatán de feria y sabelotodo. Su manía de apostillar continuamente sobre cualquier tema como si fueran una enciclopedia viviente es insufrible. No importa de qué hables: si mencionas que te duele la rodilla, te explicarán todas las causas posibles del dolor articular. Si comentas que has visto una película, te contarán no solo el final, sino también toda la filmografía del director y por qué su interpretación es la única válida.
El vino seguía corriendo y un asenso colectivo se extendía entre nosotros. Todos conocíamos a alguien así. De hecho, probablemente todos éramos un poco así, aunque ninguno lo admitiría jamás.
—Y lo peor —continuó Remigio, ya en pleno éxtasis oratorio — es que puedes ponerles mala cara, puedes bostezar ostensiblemente, puedes incluso decirles directamente que no te interesa lo que están contando. Pero tranquilos, nunca se darán por aludidos. Seguirán hablando como si nada, convencidos de que sus palabras son el maná que alimenta las mentes hambrientas de sabiduría de los demás.
—Joder, Remigio —dijo Manolo desde la barra—. Llevas hablando tú solo los últimos diez minutos.
El silencio que siguió fue épico. Remigio nos miró a todos, uno por uno, procesando lentamente la ironía del momento. Luego, con la dignidad intacta, levantó su vaso:
—Touché, Manolo. Touché. Brindo por la ironía, esa vieja amiga que siempre nos recuerda que somos humanos.
Y todos brindamos, porque en el fondo, la capacidad de reírse de uno mismo era lo único que nos separaba de convertirnos en esos bípedos insoportables de los que hablaba Remigio.


Capítulo 3: Las madres y su conexión con el cosmos

El bar no era solo territorio masculino. Los sábados por la mañana, después del mercado, las mujeres del barrio también hacían su parada técnica. Y fue un sábado cuando presencié uno de esos fenómenos inexplicables que solo las madres pueden protagonizar.
Yo había salido a fumar —sí, ya sé, a mi edad debería haberlo dejado, pero uno no puede renunciar a todos los vicios de golpe— cuando vi la escena en el parque de enfrente. Una madre joven estaba sentada en un banco mientras su hijo, de unos cinco o seis años, jugaba tranquilamente con unos cochecitos en el suelo. De repente, sin que mediara ningún cambio aparente en el universo, la madre levantó la vista de su móvil y gritó:
—¡No corras que te vas a caer!
El niño, que repito, estaba completamente quieto jugando con sus coches, la miró extrañado. Y entonces, como si las palabras maternas hubieran activado algún tipo de programación cósmica, el chaval se levantó de golpe, echó a correr hacia los columpios y, efectivamente, se cayó. No fue una caída grave, de esas que apenas dejan una rodilla pelada y se curan con un beso mágico de madre , pero la precisión de la predicción me dejó atónito.
Volví al bar con la sensación de haber presenciado un milagro menor, uno de esos que ocurren todos los días pero que no por ello dejan de ser extraordinarios.
—¿Qué te pasa? —me preguntó Pepe—. Tienes cara de haber visto un fantasma.
Les conté lo que acababa de presenciar y, como era de esperar, se desató el debate.
—Eso no tiene nada de raro —dijo Carmen, que había venido a tomarse un café después de hacer la compra —. Las madres sabemos. Es un don que se activa en el momento del parto. De repente, puedes predecir caídas, detectar mentiras a kilómetros de distancia y saber exactamente dónde está cada cosa en la casa aunque no la hayas visto en años.
—Venga ya, Carmen —protestó Antonio—. Eso son supersticiones.
Carmen le miró con esa mirada que solo las madres saben poner, esa que te hace sentir como si tuvieras cinco años y te hubieran pillado con las manos en el tarro de las galletas.
—¿Supersticiones? Antonio, ¿cuántas veces tu madre te dijo «llévate la chaqueta que va a refrescar» en pleno agosto y luego efectivamente refrescó? ¿Cuántas veces te advirtió de que no te fiaras de Fulanito y resultó ser un sinvergüenza?
Antonio se quedó callado, probablemente recordando todas las veces que su madre había tenido razón y él no había querido admitirlo.
—Mi teoría —intervino Remigio, porque Remigio siempre tenía una teoría — es que las madres están conectadas a una especie de red cósmica de información. Como Internet, pero más fiable. Por eso saben cuándo estás enfermo aunque estés a mil kilómetros, por eso saben que has comido mal aunque les digas que todo está bien, por eso pueden predecir accidentes con la precisión de un oráculo griego.
—¿Y los padres qué? —preguntó Paco, algo ofendido—. ¿Nosotros no tenemos conexión cósmica?
—Los padres —dijo Carmen con una sonrisa— tenéis otras habilidades. Como la capacidad de no encontrar nada aunque lo tengáis delante de las narices, o el superpoder de roncar en cualquier posición y en cualquier lugar.
La carcajada general que siguió hizo que Manolo tuviera que subir el volumen de la tele para que los del bar de enfrente no pensaran que estábamos montando una fiesta.


Capítulo 4: La era digital y los jubilados 2.0

Si hay algo que ha revolucionado la vida de los jubilados en los últimos años, eso es WhatsApp. De repente, todos teníamos un smartphone y formábamos parte de grupos con nombres tan originales como «Los jubiletas», «Colegas del bar» o mi favorito personal: «Los que no se mueren».
Fue precisamente en este último grupo donde ocurrió uno de los episodios más surrealistas de nuestra historia digital. Todo empezó una mañana de lunes cuando Miguel, que siempre es el primero en escribir, mandó un mensaje:
«D.E.P.»
Nada más. Solo esas tres letras que todos sabemos qué significan y que nadie quiere ver en un grupo de jubilados. Inmediatamente empezaron a llegar más mensajes: «D.E.P. » «Descanse en paz» «Mi más sentido pésame» «D.E.P. Se fue un grande».
Yo, que estaba desayunando tranquilamente mi tostada con aceite, casi me atraganto. ¿Quién se había muerto? Repasé mentalmente la lista de miembros del grupo. Éramos doce, como los apóstoles pero más mundanos. Si alguien había fallecido, ¿por qué estaba escribiendo todo el mundo?
El grupo seguía llenándose de mensajes de condolencias. Incluso Pepe, que normalmente solo mandaba memes de buenos días con flores brillantes y música estridente, había escrito su «D.E.P. Compañero».
Fue entonces cuando Joaquín, bendito sea, tuvo el valor de preguntar lo que todos estábamos pensando:
«Perdonad la ignorancia, pero ¿quién se ha muerto?»
El silencio digital que siguió fue ensordecedor. Durante unos minutos, nadie escribió nada. Podías sentir la confusión colectiva a través de las pantallas.
Finalmente, Miguel, el que había empezado todo, escribió:
«No sé. Vi el D.E.P. de Juan y pensé que sabría quién era. Por respeto, puse el mío también.»
«Yo vi el de Miguel y el tuyo y supuse que me había perdido algo», escribió Juan. «Yo vi los vuestros y no quería parecer insensible», añadió Roberto.
En cuestión de minutos, se descubrió que nadie sabía quién había muerto. El primer D.E.P. había sido de Juan, que lo había puesto por error queriendo escribir otra cosa (nunca supimos qué) y el autocorrector había hecho de las suyas. La conversación derivó en un debate sobre la muerte, la vida y los malentendidos digitales.
Fue Paco quien, con su sabiduría práctica, zanjó el tema:
«Lo que va en serio es la muerte; el resto es farfulla y confeti. No merece la pena enfadarse por tonterías. Aunque con nuestra memoria de pez, en tres segundos se nos olvidará y seguiremos siendo igual de tontos que siempre.»
Y tenía razón. A los cinco minutos estábamos compartiendo el vídeo de un gato que parecía estar cantando flamenco y riéndonos como si no hubiera pasado nada.
Capítulo 5: El bar como consultorio sentimental
Hay tardes en las que el Bar Manolo se transforma. La luz baja, las voces se suavizan y el murmullo de fondo se vuelve reconfortante. En esos momentos, deja de ser un simple bar para convertirse en algo más íntimo, casi un consultorio sentimental.
Fue en una de esas tardes cuando Luis, el más callado de todos, decidió hablar:
—¿Sabéis qué es lo peor de enviudar?
Nos callamos. Habían pasado seis meses desde que perdió a su mujer, pero nunca lo había mencionado.
—No es la soledad. Ni comer solo, ni aprender a usar la lavadora con setenta años.
Lo peor es no tener con quién discutir.
Manolo, que fregaba vasos, se detuvo. Hasta la tele pareció bajar el volumen.
—Cuarenta y ocho años casados —siguió Luis—. Discutiendo por tonterías: la tele alta, la sopa sosa, el frío. Y ahora daría lo que fuera por una bronca sobre la basura.
—Joder, Luis —dijo Pepe, sorprendentemente lúcido—. No sabía que te sentías
así.
—No es tristeza, es… vacío —aclaró Luis—. Me quejaba de que no me dejaba en paz. Ahora tengo toda la paz del mundo y no sé qué hacer con ella. Como lo que quiero y no me sabe a nada. Veo la tele sin discutir y no tiene gracia.
Remigio carraspeó con solemnidad:
—Eso es la paradoja del matrimonio. Uno se queja de no tener libertad, y cuando la recupera, se da cuenta de que sin alguien con quien compartirla, es solo soledad.
—Muy bonito —intervino Carmen desde la mesa de al lado—. Pero Luis no necesita filosofía. Necesita saber que no está solo. Que nos tiene a nosotros. Que este bar es su segunda familia.
—Su primera —corrigió Manolo—. Aquí pasa más horas que en casa.
Luis sonrió por primera vez en meses:
—Mi Rosa decía que perdía demasiado tiempo aquí con vosotros. Que no hacíamos más que criticar. Pero también decía que aquí yo era feliz. Y tenía razón.
Alzamos las copas. Por Rosa. Por Luis. Por todos los que ya no están y por nosotros, que seguimos aquí, refugiándonos en esta pequeña patria de amistad que llamamos Bar Manolo.
Capítulo 6: El día que casi cierran el bar (La grieta se agranda)
No todo iban a ser cartas y fútbol. El Bar Manolo también vivió su propia película de acción, y nada tan épico como el día que casi lo cierran.
Todo empezó un martes por la mañana, cuando un inspector de sanidad —corbata, carpeta, cara de vinagre— apareció anunciando con solemnidad:
—Inspección rutinaria.
Manolo, con sus treinta años al frente y cero problemas a la espalda, le recibió con tranquilidad:
—Pase, pase. Aquí no escondemos nada. Salvo la receta de las croquetas, y eso es secreto de Estado.
El inspector, sin una pizca de humor, desplegó formularios y bolígrafos de colores y empezó a registrar el bar como si buscara plutonio. Nosotros, los habituales, observábamos con creciente enfado.
—Esto está mal —señaló el extractor—. Aquí falta un cartel. La nevera está un grado por encima. Y esas tapas no pueden estar expuestas así.
Eso último fue la gota. Explotamos… a nuestra manera: hablando.
—¿Sabe cuántos años llevan esas tapas en esa barra? —preguntó Pepe, con solemnidad de abuelo ofendido.
—Eso es irrelevante —contestó el inspector, sin levantar la vista.
—Irrelevante, dice —intervino Remigio—. Esas tapas son cultura. Patrimonio del barrio. Tres generaciones de boquerones y aceitunas.
—La normativa es clara —repitió el inspector.
—También es clara la que prohíbe aparcar en doble fila —saltó Antonio—, y mire la calle. La vida no cabe en una carpeta.
El tipo empezaba a incomodarse. No estaba acostumbrado a que un grupo de jubilados se le plantara como si fueran un comité revolucionario con bastón.
Entonces se acercó Carmen, con esa mezcla de ironía y firmeza que solo tienen las mujeres que han criado tres hijos y una suegra:
—Este bar no es solo un negocio. Es el alma del barrio. Aquí se celebran alegrías, se lloran penas y se cura la soledad. Esto es familia, señor inspector.
—Muy bonito —dijo él—, pero hay irregularidades que deben corregirse.
Fue entonces cuando entró Don José, el párroco. Ochenta años, energía de cuarenta, y autoridad de papa. Se paró, observó la escena, y preguntó:
—¿Pasa algo?
—Inspección sanitaria —le explicó Manolo.
Don José se acercó al inspector, lo miró como si lo estuviera confesando y dijo:
—¿Sabe usted cuántas bodas se han celebrado con las croquetas de este bar?
¿Cuántos funerales se han consolado entre estas paredes?
—Padre, esto no es una cuestión religiosa…
—Cuando se trata de comunidad, todo es religioso —le cortó—. Este bar une más que muchas misas. Aquí nadie se siente solo, y eso también es salud pública.
No sabemos si fue la bendición, el sermón o que el inspector ya se veía linchado por jubilados, pero cerró la carpeta, murmuró algo sobre «deficiencias menores» y se marchó.
Lo que vino después fue histórico. Manolo invitó a una ronda, Don José bendijo las tapas “para que cumplan las normativas divinas y humanas” , y todos brindamos. Por Manolo. Por las croquetas. Y por el sentido común, que aquel día le ganó una al papeleo.
Esa tarde, la grieta junto a la máquina de tabaco parecía haberse alargado un milímetro. Manolo la observó con una mueca, pasándole un dedo como si quisiera borrarla. «Maldita sea», lo escuché murmurar, «como siga así, se nos cae el Ateneo». La preocupación en su voz era palpable, una sombra real en nuestro pequeño refugio. La amenaza, ahora, tenía una forma tangible.
Capítulo 7: La sabiduría de las pequeñas cosas y una decisión sobre los cimientos
Con el tiempo, he descubierto que la verdadera sabiduría del Bar Manolo no está en los debates profundos ni en los momentos grandilocuentes. Está en los detalles cotidianos, en esas pequeñas cosas que sostienen la vida sin que uno se dé cuenta.
Está en cómo Manolo cambia de canal justo a tiempo : fútbol cuando toca, noticias a la hora del café, y ese programa del corazón que todos critican pero nadie se pierde. En cómo cada uno tiene su sitio, no oficial pero sagrado : Pepe junto a la puerta, Remigio en su rincón con buena acústica, Luis cerca del café porque “el ruido le hace compañía”. Está en nuestros rituales no escritos : el silencio cuando muere un famoso, el aplauso si alguien invita una ronda, el «hasta mañana» que quiere decir «hasta después del médico».
Una tarde, mirando la escena, le dije a Remigio:
—¿Te has dado cuenta de que esto es como una sociedad en miniatura?
Me miró por encima de sus gafas de leer, que usa más por pose que por necesidad, y sonrió:
—Claro que me he dado cuenta. ¿Qué crees que es una civilización sino gente que acuerda unas normas para convivir? Nosotros lo hacemos con cañas, no con constituciones.
—Ya estás filosofando otra vez —le dije.
—Todo es filosofía. Mira a Paco discutiendo con Antonio si el penalti era o no.
Hablan de justicia. Carmen enseñando a la nueva dónde comprar pescado: eso es cultura.
Y Manolo, escuchándonos sin perder la paciencia, eso es amor al prójimo.
—O necesidad económica —apunté.
—También. Pero incluso el capitalismo, cuando se ejerce con humanidad, se transforma. Manolo no solo cobra: nos escucha, nos aguanta, nos cuida. Eso no lo marca la caja.
Y tenía razón. Porque al final, todos venimos aquí buscando más que café y charla. Venimos buscando pertenencia. Ese calor que se va perdiendo con la jubilación, cuando los hijos se van y los amigos empiezan a faltar. Aquí, entre cañas, discusiones absurdas y silencios cómplices, seguimos encontrando nuestro lugar.
La preocupación por la grieta, sin embargo, no nos abandonaba. Manolo, un hombre de acción más que de palabras, había estado investigando. Una tarde, con la luz dorada filtrándose por la ventana y pintando motas de polvo en el aire, nos reunió en la mesa grande.
—He hablado con un arquitecto —dijo, la voz más grave de lo habitual—. Dice que la grieta no es solo superficial. Hay problemas en los cimientos. Necesitamos una reforma importante.
Un silencio se extendió por el bar, un silencio diferente al habitual, cargado de incertidumbre. La noticia cayó como un jarro de agua fría. El Bar Manolo, nuestro refugio, nuestro Ateneo, estaba en peligro. La grieta en la pared era, en realidad, una grieta en nuestro pequeño mundo.
Capítulo 8: Las lecciones aprendidas y el desafío de los cimientos
Después de tantos años en el Bar Manolo, he aprendido muchas cosas. Algunas útiles, otras no tanto, pero todas valiosas a su manera. Y no porque alguien viniera a enseñármelas, sino porque la vida —aquí, entre cañas y partidas de mus— te las va dejando caer sin que te des cuenta.
He aprendido que la felicidad no es un premio ni una meta lejana, sino un equilibrio frágil entre estar en paz con uno mismo y seguir peleando cada día por lo que uno cree. Aquí todos lo sabemos: puedes tener achaques, nostalgia o días grises, pero si caminas por el sendero que tú mismo elegiste, hay serenidad.
También he comprendido que la salud, aunque no lo sea todo, sí es el terreno donde se juega todo lo demás. Que no se puede tener la cabeza en su sitio si el cuerpo está hecho trizas. Así que, aunque nos quejemos, caminamos, comemos con moderación (a veces) y nos cuidamos… un poco.
En el Bar Manolo he aprendido a disfrutar de los pequeños momentos : una conversación sin prisas, un bizcocho de Carmen, una puesta de sol que se cuela por la ventana justo cuando alguien cuenta un chiste malo. Porque la vida no son las grandes hazañas, sino estos retales de calma compartida.
He aprendido a dejar de rellenar silencios con palabras vacías. A veces es mejor callar y escuchar. Y otras veces, simplemente compartir el silencio con alguien que ya sabe lo que estás pensando.
También he aprendido a ser más sincero conmigo mismo. Aquí todos hemos tenido nuestras caídas, nuestras dudas y nuestras vueltas en redondo. Pero si algo hemos entendido es que no hay peor traición que vivir una vida que no es la tuya. Así que, aunque a veces cuesta, intentamos no mentirnos.
Nos hemos equivocado, claro que sí. Nos han dolido las pérdidas, las traiciones, las malas decisiones. Pero también nos hemos reído mucho. Y eso, dicen por aquí, también construye carácter.
Y si algo me ha quedado claro, es que el bar —este bar— no es solo un sitio donde se sirve vino y café. Es una pequeña universidad de la vida. Aquí aprendes a escoger bien a tus amigos, a vivir el día a día, a no postergar la felicidad.
Pero ahora, todas esas lecciones se ponían a prueba. La noticia de la reforma de los cimientos nos había sacudido. Manolo nos explicó que los costes eran elevados, y que cerrar el bar durante las obras implicaría una pérdida económica importante. La idea de que el Bar Manolo pudiera desaparecer, o de que se transformara en algo irreconocible, nos invadió a todos. Ya no era una broma sobre el D.E.P. en el WhatsApp; esta era una amenaza real a nuestro santuario. Por primera vez, el destino del bar no dependía solo de los caprichos del inspector, sino de una decisión dolorosa que ponía en juego nuestro propio sentido de pertenencia.


Epílogo: La vida sigue, y el bar también

Escribo estas líneas un martes por la tarde. El Bar Manolo bulle como siempre, cada personaje en su esencia: Pepe, recién salido de su siesta; Remigio, desgranando teorías sobre semáforos; Luis, con una sonrisa más frecuente, aunque la ausencia de Rosa aún se intuye en sus silencios. Carmen trae bizcocho, Manolo mantiene el orden con su sabiduría práctica, y Don José bendice las tapas, que ahora, dicen, saben mejor. El WhatsApp aún nos regala risas con vídeos de perros bailarines y debates absurdos, un contrapunto a la efímera tragedia del «D.E.P.» colectivo.
La reforma de los cimientos, la lucha contra la grieta, fue nuestra prueba. Una colecta unió a los habituales, transformándonos de meros clientes en protectores de nuestro Ateneo. El martillo y el cemento se mezclaron con el aroma del café, y las tertulias se hicieron a pie de obra. Hoy, el Bar Manolo, con sus cimientos firmes y su grieta reparada, es más que un lugar; es un faro de resistencia y un testamento de nuestra inquebrantable unión.
Sigo viniendo cada día, coleccionando historias. Porque este bar, único e irrepetible, es la prueba de que la vida, incluso vivida, sigue ofreciendo pequeños milagros: una siesta perfecta, un gol in extremis, un malentendido que acaba en risas. Aquí, entre estas paredes que han visto tanto, la vida sigue teniendo sentido.
Y ahora, si me disculpan, me voy a tomar la última caña del día. Antonio busca revancha, Paco hace sus señas, y Ramón suspira. Otra tarde memorable en el Bar Manolo, nuestro refugio. Salud, y que el bar de vuestro barrio os trate tan bien como el nuestro nos trata a nosotros.

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