La orilla de tu nombre


Julián no recordaba el día en que decidió ser pastor; simplemente, un día ya lo era. Desde niño había seguido las ovejas por los cerros secos de Teruel, sujetando el cayado como si fuera la prolongación de su brazo. Su mundo eran los olores del heno, el tintineo de los cencerros y la lentitud del cielo que se movía sobre él sin prisa.
Cuando su tío Pascual lo invitó a pasar unos días en Denia, Julián creyó que se trataba de un pueblo de secano, pero al bajarse del autobús y ver el mar, se le fue el alma a los pies. “¡Madre mía, qué charco!”, exclamó, boquiabierto. Las olas le parecían animales enormes respirando en la arena.
El segundo día la vio. Estaba tumbada sobre una toalla azul, con un libro entre las manos. Él pasaba con el pantalón remangado y las chancletas nuevas, sintiéndose el hombre más torpe del planeta. Ella levantó la vista, sonrió con esa gentileza que se reserva para los despistados, y él sintió que algo dentro se le desordenaba.
Se llamaba Clara. Estudiaba Historia del Arte en Valencia. Le habló del mar como si fuera una criatura con alma, de la poesía y de Chopin, nombres que a Julián le sonaron a comidas exóticas. Él apenas alcanzó a decir que era pastor y que las ovejas se le daban mejor que las metáforas. Aun así charlaron largo rato. Al despedirse, Clara le dijo que volvería el próximo verano y que esperaba verlo allí.
Durante el otoño, Julián anduvo por los montes como un sonámbulo. Le hablaba de Clara al perro y hasta las ovejas parecían escucharlo con compasión. Cuando llegó el invierno, tomó una decisión heroica: aprendería algo de eso que a ella le gustaba.
Ahí entró en escena su amigo Tomás, que estudiaba Filosofía y Humanidades en Zaragoza. Entre cerveza y cerveza, Julián lo abordó con un “tengo una misión”. Tomás, acostumbrado a sus ocurrencias, sonrió.
—A ver, futuro Sócrates del rebaño, ¿qué misión es esa?
—Tengo que aprender poesía y música clásica —dijo Julián muy serio—. Para una muchacha.
—Ah —respondió Tomás, arqueando una ceja—. El amor, ese noble motivo para embarcarnos en las mayores ridiculeces.
Desde entonces, cada fin de semana Julián bajaba al pueblo para recibir su lección. Tomás le hizo escuchar piezas de Chopin, de Beethoven, de Nicholas Petrou. Julián cerraba los ojos y decía que algunas le sonaban a lluvia mientras otras a tormenta. Luego pasaban a los poemas. Leían a Lorca, a Machado, a Salinas. La primera vez que Julián intentó escribir uno, le salió esto:
«Clara, eres guapa y tienes los ojos bonitos
ojalá fueras mía aunque fuera un poquito.»
Tomás no dijo nada. Respiró hondo y le entregó un cuaderno nuevo.
—Vamos a intentarlo otra vez. Piensa menos en rimar y más en sentir.
Pasaron los meses entre tachones, garabatos y nuevas tentativas. Julián llenó decenas de hojas. A veces, desesperado, preguntaba si la poesía no sería un invento para hacer sufrir a los hombres simples. Tomás, entre risas, le respondía que el sufrimiento era el abono del arte.
Hasta que un día, al leerle su último intento, Tomás guardó silencio prolongado, sin esa sonrisa irónica de costumbre.
—Esta vez, amigo mío, lo has conseguido. —Y le dio una palmada en el hombro.
El poema decía así:

La orilla de tu nombre
El mar dobla su silencio contra tus labios,
y en la orilla de tu nombre zozobra mi calma.
Bajo una luna que nunca promete,
nos sabremos vulnerables: sal y latido.

No existe distancia si tu piel
es un mapa que el agua escribe
con dedos húmedos de antiguo deseo.
Tiembla el aire. Algo arde sin llama.

Somos la tregua que alienta en el abismo,
la hendidura por donde el miedo se escurre
hasta rendirse, hasta ser nada.

Y el amor, sin antifaz,
nos ocupa como una marea que no elige:
imperfecta, viva, infinita,
y nos devuelve, limpios, a la orilla.


Cuando terminó de leerlo, Julián notó que le temblaban las manos.
—¿Está bien, de verdad?
—Está precioso. Tan limpio y sincero que cualquier mujer con corazón se quedará sin palabras.

Tomás, satisfecho con su discípulo, ideó el plan final.
—Cuando la veas otra vez, no se lo des en papel. Léelo. Pero atención: con música de fondo.
—¿Música?
—Sí. Este Nocturno de Chopin —dijo mientras le enseñaba en su móvil—. Es delicado y un poco triste, justo lo que necesita una historia de verano que quiere ser algo más.
Llegó julio. Julián volvió a Denia con la canción el móvil. Durante días buscó a Clara por la playa. Finalmente, una tarde la vio a lo lejos, caminando por la misma orilla donde se habían conocido. Llevaba un vestido blanco y el pelo suelto.
—¡Clara! —gritó él, y el nombre pareció mezclarse con el rumor de las olas.
Ella sonrió, sorprendida. Charlaron mientras caía la noche. Julián, nervioso, le propuso dar un paseo junto al mar. Cuando la luna subió redonda sobre el agua, él buscó con torpeza primera la música en el celular, apretó un botón y sonó el piano de Chopin, suave, flotando entre el murmullo del oleaje.
—He escrito algo para ti —dijo casi en un susurro.
Y empezó a recitar. Al principio la voz le temblaba, pero a medida que avanzaba fue encontrando ritmo, aire. Cuando terminó, el silencio que siguió duró una eternidad. Clara tenía los ojos brillantes, la sonrisa leve.
—Es… precioso —dijo al fin—. No sabía que supieras escribir así.
—Ni yo —respondió él, con una sinceridad que la hizo reír.
Caminaron un rato más. Ella le tomó la mano. El mar parecía aplaudir con cada ola.
Días después, Julián regresó a su pueblo y se reunió con Tomás en el bar del campo. El amigo lo recibió con cara de interrogatorio.
—Bueno, poeta, cuéntame. ¿Qué cara puso?
Julián se ruborizó, frotándose las manos.
—Le gustó… mucho. Luego paseamos. Fue una noche… bonita.
Tomás dio un trago a su cerveza y, disimulando una sonrisa, murmuró:
—Bonita, dice. Amigo, con ese poema y Chopin de fondo… esa noche triunfaste, fijo.
Julián se rió tanto que casi tira la copa. Afuera, el cielo se encendía de estrellas sobre los prados silenciosos, y por primera vez comprendió que había algo de poesía también en su vida de pastor: en el viento, en la luna, y en ese deseo de volver cada verano a la orilla de su nombre.

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