
El tren, flamante como una culebra de acero, se detuvo en la estación de Atocha resoplando con soberbia. En la puerta del vagón apareció un anciano diminuto, envuelto en un abrigo que parecía haber visto pasar tres guerras y un vendaval. Bajó con solemnidad, apoyando el bastón como quien toma la tierra de una conquista. Los nietos lo esperaban con los bolsillos llenos de paciencia y los móviles en ristre, grabando cada paso de aquel desembarco histórico: el primer contacto del abuelo con la capital del reino.
El hombre se detuvo un largo minuto ante el jardín tropical de la estación. Entre tanta palmera azucarada de vapor y tanto turista en camiseta, parecía meditar sobre si aquello era España o alguna colonia perdida del imperio. Tocó una hoja con los nudillos, olfateó el aire y declaró, sin hablar, que aquello daba más calor que sombra. Luego vio las tortugas, que dormían sin sonrojo sobre las piedras húmedas, y torció la boca con aprobación: “éstas sí que saben vivir”, pareció decir su mirada.
Al salir a la calle, un vendaval de bocinas, motores y humanidad lo recibió como a un presidente. El abuelo, en lugar de asustarse, se quedó quieto, con la gorra ladeada, mirando aquella estampida civilizada. La gente corría con los ojos clavados en sus teléfonos y la dignidad perdida entre auriculares. Nadie hablaba con nadie, pero todos movían los labios: un pueblo entero rezando a sus pantallas. El anciano escrutó el hormiguero, apoyado en su bastón, y se permitió una sonrisa paternal. Debió de pensar que en Madrid los locos tenían permiso municipal.
Por el paseo del Prado lo llevaban sus nietos como a una reliquia. A cada pocos metros, el hombre se detenía a admirar una fuente, una estatua, una boca de metro. Tocaba las farolas como si fuesen buen ganado. El tráfico le infundía respeto: aquellos coches parecían toros eléctricos; los autobuses articulados, gusanos de hierro con vocación de serpientes bíblicas. En cada semáforo cruzaba con el bastón en alto, no tanto por seguridad como por autoridad moral.
En una cafetería moderna, lo colocaron frente a un mostrador de cristal lleno de dulces con nombres forasteros. El abuelo pidió “una torta de las de toda la vida”, y el camarero, que no conocía la receta del siglo XIX, le ofreció un trozo de bizcocho con semillas. El viejo lo olfateó y, tras examinarlo con el rigor de un veterinario, comentó que aquello estaba hecho del alpiste que le daba a las gallinas. Los nietos casi se ahogan de risa; él, por su parte, se lo comió con formalidad, en signo de paz diplomática.
La Gran Vía lo fascinaría si no estuviera tan ocupada en desconcertarlo. Se paraba ante los escaparates y saludaba a los maniquíes, que le resultaban mejor plantados que muchos de carne y hueso. Le llamaban la atención los carteles luminosos que cambiaban de imagen antes de que uno pudiera leerlos: “será que los madrileños leen al galope”, comentó para nadie, o tal vez para el aire espeso que olía a asfalto reciente y perfume importado.
A media tarde alcanzaron la Plaza de Callao, ese hervidero donde el mundo ensaya la confusión. El anciano, al principio, creyó asistir a un mercado sin género: solo gente que daba vueltas, hablaba sola y hacía fotos a lo invisible. Pero su atención se vio súbitamente raptada por un grupo que, en el centro, practicaba algo digno de estudio etnográfico. Unas veinte personas andaban a cuatro patas, con máscaras de perro, orejas puntiagudas y collares brillantes. Otros, erguidos, los sostenían con correas, dándoles órdenes tiernas o disciplinadas.
Los turistas filmaban, los madrileños fingían no mirar.
El abuelo se llevó la mano al pecho, dudando si reír o santiguarse. Luego le vino el ataque: una carcajada seca, de esas que empiezan en la garganta y acaban en una risa de tormenta. El bastón se le escapó de las manos; los nietos quisieron sujetarlo, pero él se doblaba cada vez más, goteando lágrimas de risa. La gente empezó a mirarlo a él, no al espectáculo canino.
—¡Estos sí que valen! —dijo, entre bocanadas, señalando al grupo—. ¡Y yo matándome en el monte con los mastines de verdad!
Los nietos se inclinaban de tanto reír.
Uno de los “theerians”, vestido de cuero negro y con un rabo de peluche, se acercó gateando y se quedó frente al abuelo. Él lo observó con la seriedad de un juez de feria. Levantó el bastón y lo señaló como quien elige semental:
—Éste tiene buen lomo. A ése le dejaba yo las ovejas —dictaminó con tono grave.
Los jóvenes soltaron una risa escandalosa. Uno sacó el móvil y fotografió al abuelo entre los falsos perros. El anciano posó gustoso, bastón en mano, sonrisa amplia, como patriarca de aquel rebaño urbano. El “amo” de la correa levantó el pulgar; el abuelo se lo devolvió, comprendidos ambos en un idioma misterioso de humor universal.
Al marcharse, el hombre quiso mirar una vez más aquella congregación extravagante. Desde lejos parecían un rebaño obediente, cada uno con dueño y todos con vocación de chiste. Se quitó el sombrero, como quien saluda a un desfile, y comentó con alegre solemnidad:
—No sé si esto da pena o envidia, pero tienen buena pinta de perros pastores.
En el metro, más tarde, siguió observando sin descanso. Veía a los viajeros aferrados a sus móviles como a relicarios eléctricos. Algunos movían la boca y sonreían, otros reñían con el aire. El abuelo se inclinó hacia su nieta y señaló a un muchacho que gesticulaba con los auriculares puestos.
—Debe de estar peleando con el demonio —indicó, y la muchacha volvió a echarse a reír.
La ciudad entera le parecía un teatro descomunal donde cada actor había olvidado su papel. Pero al abuelo le caían bien todos: los que corrían, los que no miraban, los que ladraban. Ya en el hostal, frente a la ventana, contempló las luces extendidas sobre los tejados, tan numerosas como hormigas sobre un panal. Los nietos revisaban las grabaciones del día; en la pantalla, el abuelo aparecía riendo entre los perros de Callao. Él se asomó al vídeo, se vio de cuerpo entero, y aplaudió complacido.
—¡Qué grande es Madrid! —dijo—. Hasta los perros saben divertirse.
Apoyó el bastón junto a la cama, convencido de haber visto bastante modernidad por un día. La ciudad seguía viva tras la ventana, girando como un tiovivo interminable. El abuelo cerró los ojos, sonriendo todavía, y en su respiración se adivinaba una risa que duraría toda la noche.