Ninguno de nosotros entendió sus palabras. En pleno mitin, una vecina preguntó a la aspirante a la Presidencia del Gobierno su postura sobre el velo islámico.
La candidata, famosa por sus laberintos verbales, sonrió y sentenció con dulzura:
—Articularemos una gobernanza emocional de la vestimenta que proteja la diversidad desde una laicidad afectiva, garantizando un consenso que ni obligue ni prohíba, sino exactamente todo lo contrario.
Hubo un segundo de silencio atónito. Enseguida, los militantes, traídos en autobuses desde pueblos cercanos con el exclusivo propósito de aplaudir a su representante, estallaron en una ovación cerrada como borregos devotos. Ella saludó encantada a las masas.
Nadie tenía la más remota idea de qué narices haría finalmente con el velo, pero todos coincidieron en que había sonado precioso.