El arte de desembarcar

Lydia abrió la libreta sobre la mesa camilla y encendió la grabadora del móvil antes de que su abuelo cambiara de opinión. Conocía bien esa costumbre suya de arrancar a hablar y cortar en seco, sin previo aviso, como quien apaga la radio.

—Abuelo, es para la universidad. Nada de exámenes, solo quiero entenderte.

Él levantó la vista del libro —uno de esos de tapas sobadas que nunca identificaba— y la miró con esa media sonrisa que Lydia había intentado descifrar desde niña sin lograrlo del todo.

—Pregunta, entonces. Pero despacio, que tengo todo el tiempo del mundo y ninguna prisa.

Eso era exactamente lo que más le llamaba la atención a ella: esa serenidad sin esfuerzo aparente.

—¿Qué es lo mejor de ser viejo?

Él soltó una carcajada breve, casi militar.

—Que ya no tengo que aguantar a los imbéciles. —Hizo una pausa—. Y mira que los hay. Durante cuarenta y cinco años trabajé rodeado de individuos que confundían el cargo con el carisma. Tipos con despacho grande y alma pequeña. Reuniones a las ocho de la mañana convocadas por quien no tenía nada que decir pero necesitaba que lo vieran decirlo. Se acabó.

—Que me he liberado de la esclavitud de los horarios. Ahora me levanto cuando me despierto y me acuesto cuando me da la gana. Eso, Lydia, no tiene precio.

Desde que se jubiló cinco años atrás, el abuelo Manuel había dejado de llevar reloj. No como gesto, sino porque sencillamente había dejado de necesitarlo.

Ella anotó algo y lo miró.

—Pero, ¿no te aburres?

—¿Aburrirme? —Negó con la cabeza—. Tengo más inquietudes que cuando tenía tu edad. Lo que no tengo son obligaciones. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas que nadie te explica cuando eres joven. Las inquietudes te abren. Las obligaciones te cierran. Ahora hago solo lo que me produce algo por dentro. No muchas cosas, ojo. Pero las que hago, las hago a fondo. Escribir, leer, caminar, cocinar despacio, mi huerto, hablar con gente que me interesa de verdad. El resto, lo dejo pasar.

Lydia subrayó eso último. Lo dejo pasar.

—¿Y no tienes miedo a envejecer? ¿A los achaques, a perder cosas?

El abuelo cerró el libro y lo dejó sobre el brazo del sillón.

—Los estoicos llevan dos mil años explicando que perder cosas no es una tragedia personal, sino una norma universal. Todo el mundo pierde tarde o temprano. La salud, la memoria, el pelo. —Se pasó la mano por la cabeza con ironía—. Cuando aceptas eso, ya no hay angustia posible. Solo son las reglas del juego. El problema no es envejecer; el problema es envejecer haciendo el ridículo. Fingir que tienes veinte años menos, hablar como los adolescentes, disparar certezas con una seguridad que ya no te corresponde. Cuantos más años cumples, más certezas se van al carajo.

—Entonces, ¿qué te queda?

—Una conciencia exacta de la imbecilidad universal. —Sonrió de verdad esta vez—. Y eso, paradójicamente, es muy tranquilizador.

Lydia soltó una carcajada que no esperaba. Él continuó.

—Eso sí, hay una trampa en la que caemos todos. El cerebro humano tiene una tendencia maligna a recrearse en desastres imaginarios. Te inventas problemas, enfermedades de tus seres queridos, catástrofes que no existen. A veces pienso que llevamos en el ADN la necesidad de regodearnos en esos pensamientos negativos, lo mismo que hacen los cerdos en su propia mierda. Y el noventa y nueve por ciento de esas cosas nunca ocurren. Aprender a cortarlas en cuanto aparecen es la mitad del trabajo.

—¿Y la otra mitad?

—Callarse. —Señaló hacia la ventana, hacia la calle—. Ahí fuera hay demasiada gente que habla mucho de sí misma. Que empieza cada frase con yo. Que da consejos sin que nadie se los pida. Que sigue a gurús, lee libros de autoayuda, vota a salvadores de la patria y escucha a cuñados y listillos con una fe ciega que da vergüenza ajena.

Evita el peor de los males: convertirse en una sirena de ambulancia o un recetario médico con patas. Como decía el actor Luis Gamero: «Yo a los amigos nunca les cuento mis problemas. Que los divierta su puta madre».

Yo aprendí tarde, pero aprendí: en boca cerrada no entran moscas. Habla lo justo. Poco de ti. Y si no te preguntan, no respondas.

Lydia dejó de escribir un momento.

—¿Y la gente? ¿Los amigos, la familia?

—Vida social activa, pero muy selectiva. —Lo dijo sin dudar—. Las personas tóxicas roban energía que a esta edad ya no sobra. Uno puede ser sociable y aun así ser despiadado eligiendo con quién invierte el tiempo. No es egoísmo; es higiene.

Hubo un silencio que ninguno de los dos sintió la necesidad de llenar.

—Abuelo, ¿y la muerte?

Él recogió el libro.

—La muerte no falta a ninguna cita. Así que no tiene sentido angustiarse. Morir es inevitable. Vivir como un imbécil, en cambio, es completamente opcional.

Lydia apagó la grabadora. Tenía material para el trabajo. Y algo más, que no sabía muy bien cómo clasificar todavía.

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