La verdad es que pocas veces nos paramos a pensar qué de importante o impactante puede resultar decir lo que se piensa.
Muchas personas creen que decir lo que uno piensa es un signo de honestidad, sinceridad, compromiso con uno mismo, fidelidad e incluso cierta nobleza, y pocos son los que tienen en cuenta el coste personal para ti o para el oyente que van a tener tus pensamientos, sin discernir si éstos son juicios de valor sobre otra persona o son meramente opiniones personales sobre cualquier tema de debate.
El problema radica en el primer caso, cuando nos envolvemos en un manto divino con derecho a juzgar o dar consejos a otras personas sin ponerte a pensar si te lo han pedido o del daño que puedes llegar a causar con tus supuestas «benefactoras» palabras, ya que, en estos casos, todos los que actúan así se escudan en que lo hacen sin maldad añadida y, por supuesto, que lo dicen «por tu bien».
Antes de hablar hay que pararse un momento y meditar sobre:
- ¿Me han pedido inmiscuirme en su intimidad?
- ¿Lo que voy a decir va a aportar algo positivo o va a causar un daño innecesario?
- ¿Es el momento adecuado para decirlo?
- ¿Tendrá consecuencias? Y si es así plantéate cuales.
Si tienes la más mínima duda a alguna de las cuestiones anteriores, CÁLLATE.
Decir lo que uno piensa es muy sano y puede resultar en ocasiones muy instructivo, pero que sobre todo creo que es muy rico si uno tiene a alguien al otro lado dispuesto a escuchar, a valorar y a hacer algo con lo que recibe.
Di lo que piensas si tus opiniones sobre las cosas dejan poso en los demás, esos que suelen saborearse con el tiempo cuando uno se acuerda de ella.
Así que como conclusión recuerda:
«Di lo que piensas si lo que vas a decir es muy importante, aporta algo, puede resultar útil para ti o para los demás, no será dañino ni destructivo, y su sentido o fin va ser constructivo».