El curioso caso del amor en pareja

 
Me sorprende que, en las tertulias entre amigos, siempre que hablamos de la relación en pareja, surja la ironía sobre la supuesta esclavitud que la misma supone en vez de ensalzar las maravillas que tiene compartir libremente la vida entre ambos.
 
No tengo la menor duda que nuestra cultura ha sobrevalorado la entrega amorosa ilimitada, donde la vida en pareja se ha convertido en la principal forma de autorrealización.
 
Un sentimentalismo exagerado que ha hecho que se ignore el sacrificio personal que implica tal abnegación.
 
Sin embargo, el amor no lo justifica todo. Existe otra forma de entender el amor: amar sin destruirnos a nosotros mismos y huir de la idealización absolutista; se puede amar sin ansiedad y sin negociar los principios vitales que nos determinan.
 
Un amor maduro es el que integra el amor por el otro con el amor propio sin conflicto de intereses.
 
¿Quién dijo que para amar había que anularse y dejar de lado los proyectos de vida?
 
Para amar no debes renunciar a ti mismo, ésa es la máxima.
 
Tenemos que aprender a sin destruirnos a nosotros mismos. Solo desde la libertad de que tu has decidido amar a otra persona sin prescindir de tu propia identidad y, lo más importante, del respeto a ese espacio vital a tu pareja, entiendo que tiene sentido la vida compartida.