El reloj de pared del Bar Manolo, un trasto de herencia con la marca de una conocida cerveza desgastada en la esfera, indicaba las siete y media de la tarde. Era la hora sagrada en la que el café con leche y el tintineo de las cucharillas dejaban paso al sonido de las cañas bien tiradas, la espuma rebosando y el aroma inconfundible a calamares fritos. Era miércoles. En el Bar Manolo, sin embargo, la conversación últimamente no giraba en torno a la alineación del domingo ni a las obras de la calle Enmedio. Desde que Luis, uno de nuestros parroquianos más queridos, se había jubilado de la noche a la mañana y, por recomendación de su hija, se había matriculado en un Taller de Escritura Creativa, el modesto local de barrio se había transmutado en un ateneo literario, casi en un cónclave de la Real Academia. Yo de todo esto soy testigo callado, que para algo llevo cinco años saliendo a fumar a esa puerta: uno se hace cronista del barrio sin pretenderlo, solo de estarse quieto y mirar.
Aquel miércoles, Luis cruzó la puerta cabizbajo, abrazando una voluminosa carpeta de cartón de la que asomaban folios desordenados, como si llevara en brazos a un niño enfermo. Se acodó en la barra de zinc, soltó un bufido y se frotó la cara con cansancio.
—Ponme un doble, Manolo. Hoy lo necesito, y a lo mejor hasta una ración de bravas para acompañar el disgusto.
Manolo, con su delantal blanco inmaculado cruzado a la cintura, deslizó la cerveza por la barra con la precisión milimétrica de un crupier de casino.
—¿Qué te pasa hoy, Cervantes? ¿Se te ha secado la tinta, te falla el verbo, o es que te ha vuelto a echar la bronca doña Elvira por poner demasiadas comas? —preguntó el tabernero, que había nacido con un trapo en la mano y en las últimas semanas se había aficionado a emitir severos juicios sobre estructura narrativa mientras secaba los vasos. Manolo conocía a todos por su nombre, sus manías y sus rincones; y a Luis, además, le aguantaba la murria con esa ironía suya cargada de afecto.
A su lado, Paco —de sabiduría terrenal y directa, siempre quejándose de que la gente ya no sabe escuchar— y Remigio, el filósofo de cabecera, que lucía boina y bastón solo porque le daban «un aire distinguido» y era capaz de convertir el precio de las patatas en un tratado sociológico, afilaron las orejas. Ellos componían el jurado extraoficial de Luis. Carmen, la matriarca, dejaba un bizcocho recién hecho sobre el mármol y se sentaba a vigilar; Antonio movía las fichas del dominó sin admitir que iba perdiendo, y Pepe, el de las Tres Siestas, cabeceaba en su rincón rozando la reglamentaria. Llevaban meses leyendo, destripando y debatiendo los textos de su amigo cada miércoles. Eran apasionados, inclementes y ruidosos, como si fueran los mismísimos miembros del jurado del Premio Planeta decidiendo el galardón del año entre pinchos de tortilla.
—Es un encargo nuevo —suspiró Luis, dándole un buen trago a la cerveza rubia—. Es la última clase del Taller y Doña Elvira, la coordinadora del taller, nos han mandado un trabajo rarísimo. Es un encargo endiablado —explicó, frotándose las sienes—. Miren que doña Elvira es un encanto de mujer, con un carácter amable y una delicadeza exquisita; siempre te recibe con una sonrisa de oreja a oreja que te desarma. Pero cuando coge los textos… ¡ay, amigos! Con esa misma sonrisa angelical y una dulzura que asusta, te pone las peras al cuarto en las correcciones. Te dice que tu ritmo es plano, te fulmina los adjetivos y te destroza el alma literaria sin perder los hoyuelos de las mejillas. Pues bien, esta vez doña Elvira nos ha pedido que analicemos toda nuestra propia obra y descubramos a «nuestros enanos».
Paco, que tenía un palillo en la comisura de los labios, se quedó congelado a punto de pinchar una aceituna.
—¿Enanos? —Paco parpadeó, incrédulo, mirando a sus compañeros—. ¿Pero tú de qué estás escribiendo ahora, macho? ¿De El Señor de los Anillos? Los únicos enanos que yo conozco son los de Blancanieves y los del bombero torero, que en paz descansen.
—No, hombre, no —se desesperó Luis—. Es una metáfora. Dice doña Elvira que la escritora Rosa Montero los definía así. «Los enanos» son las obsesiones literarias. Esos temas recurrentes que los escritores repetimos en nuestras obras sin darnos cuenta, una y otra vez, de forma casi compulsiva.
Remigio se ajustó la boina y apoyó las dos manos en el puño del bastón, como quien va a sentar cátedra.
—O sea, que la Rosa Montero esa decía que tenía enanos en la cabeza dándole martillazos, y ahora resulta que tú también. Lo que hay que oír. A ti lo que te pasa es que te complicas la vida queriendo ser moderno, Luisito —sentenció Remigio, que tenía la elegancia de reírse también de sí mismo cuando le tocaba.
—El problema —continuó Luis con tono de lamento, ignorando la pulla— es que, por más que leo y releo todos mis textos, no veo a mi enano por ninguna parte. Estoy completamente bloqueado. No sé cuáles son mis obsesiones. Necesito vuestra ayuda urgente.
Ante semejante llamada del deber literario, los ilustres parroquianos no podían escurrir el bulto. Luis les dejó sobre la barra un buen taco de folios y les pasó por WhatsApp el enlace a la web de sus relatos —lo que, dicho sea de paso, desató un pequeño revuelo en el grupo del bar que solo Paco supo apaciguar recordando que únicamente la muerte merece preocupación de verdad—. El jurado del Premio Planeta de barrio aceptó el reto. Durante los días siguientes, en un rincón del bar, el ruido de la tragaperras y la televisión pareció silenciarse; solo se escuchaba el pasar de las páginas, los gruñidos de Paco buscando significados ocultos entre líneas y, de fondo, el ronquido reglamentario de Pepe.
El miércoles siguiente, a la misma hora, la tensión se podía cortar con un cuchillo de sierra. Luis entró al bar sintiendo el pánico del escritor ante la crítica. Sus tres amigos le esperaban sentados alrededor de la mesa del fondo, la buena, la que no cojeaba. Sobre el tapete de hule a cuadros, los relatos estaban esparcidos, subrayados con bolígrafo rojo, llenos de anotaciones en los márgenes y manchados con alguna que otra gotita de aceite de oliva.
Manolo se aclaró la garganta asumiendo el papel de presidente del tribunal. Limpió la mesa con su trapo, con una parsimonia estudiada, dotando al momento de una solemnidad absoluta.
—Siéntate, chaval. Hemos estado analizando minuciosamente eso que tienes subido al desván ese tuyo —comenzó Manolo, apoyando los puños en la mesa—. Y ya tenemos el veredicto sobre tus enanos. Y déjame decirte que vaya tropa tienes metida en la mollera.
Paco fue el primero en tomar la palabra, levantando un dedo índice acusador.
—Mira, Luisito, yo me he empapado bien de cosas como Noches lúgubres, Una muerte irreparable, La Santa Compaña, y esa locura de los túneles de sangre. Y te digo una cosa clara: tu enano es un enterrador gótico, o directamente un forense con insomnio.
Luis parpadeó, sorprendido.
—¿Un enterrador?
—Lo que oyes. Tienes el enano de la Parca, macho. Todo es muerte, cementerios, cosas lúgubres y misterios que te dejan mal cuerpo. Hasta cuando te pones en plan misterio con El secreto de Las Médulas o El Dossier X de la Base de Torrejón, parece que en cualquier momento va a salir un espectro a pedirte fuego. Tienes una obsesión con lo tétrico. ¡A ver si escribes de algo alegre, como cuando hiciste Maldita paella o Eres más apañado que un jarrillo de lata! ¡Menos tumbas y más costumbrismo, que nos vas a deprimir a todos!
La mesa estalló en una carcajada, pero Remigio pidió orden golpeando suavemente con el bastón en la pata de la mesa.
—Paco no va desencaminado, pero le falta hondura psicológica —dictaminó Remigio con voz grave y teatral—. Yo he ido más allá de los sustos. He leído con lupa El reloj de bolsillo, Nunca pude contarle lo que pasó aquel verano, El último vecino, y esa hermosura de Siempre llueve en enero. Y te diré quién es de verdad tu enano, Luis. Tu enano es un viejecito melancólico con un reloj de arena que no para de mirar por el retrovisor.
—¿El paso del tiempo? —preguntó Luis, sintiendo que una revelación empezaba a encajar en su cerebro.
—¡Exactamente! —exclamó Remigio—. Tienes el enano de la nostalgia. Todo en tus letras es recordar lo que fue, historias de herencias como en La aspereza del tanino, el abuelo, los secretos de la familia, los días felices que no volverán. Se te está poniendo un alma de jubilado prematuro que no te aguantas. A este paso vas a venirte mañana conmigo a mirar las obras de la plaza. Tienes un enano melancólico crónico.
Luis tomó nota a toda prisa en su libreta. Era cierto. Había un hilo invisible de añoranza que cosía y atravesaba la inmensa mayoría de sus relatos sin que él lo hubiera planeado.
Manolo, que había permanecido callado frotando una copa de coñac, se inclinó hacia adelante, robándole el protagonismo a los otros dos.
—A ver, literatos de pacotilla, que os habéis dejado lo más importante en el tintero —dijo el tabernero—. Yo he visto a otro enano, uno que no para quieto. Me he zampado enteritos El arte de desembarcar, Bajando hacia la libertad, El vagón del destino y La carretera del pantano. ¿Es que no lo veis, ciegos?
Paco y Remigio se miraron, encogiéndose de hombros.
—Tu enano, Luis —sentenció Manolo, apuntándole con el trapo—, es un fugitivo. Un enano con las maletas hechas que siempre está mirando el mapa.
—¿Un fugitivo? —repitió el escritor aspirante, absolutamente fascinado.
—Sí señor. Siempre hay un viaje, un escape, una carretera interminable, un tren a ninguna parte o un barco del que hay que desembarcar. Tus personajes siempre se están yendo, buscando la libertad o huyendo de algo. Tu enano necesita salir corriendo. Yo creo que lo que pasa es que estás frito por cogerte la maleta y perderte por el mundo, ahora que ya no tienes oficina que te ate, pero como te da no sé qué confesarlo, pues lo escribes para desahogarte.
Una carcajada general y sincera resonó en todo el local, contagiando hasta a una pareja despistada que tomaba café en la otra punta de la barra, ajena a la conversación.
Luis contempló los folios sobre el hule. La muerte y el misterio, la melancolía del pasado inalcanzable, y la imperiosa necesidad de escapar, de viajar hacia la libertad. Sus amigos, aquel estrafalario tribunal armado con cañas, palillos en los dientes y vinos de la casa, habían destripado su obra con una agudeza, una precisión y un cariño que ya quisieran para sí los más estirados y pedantes críticos de los suplementos culturales.
Sus «enanos» estaban allí, descubiertos y expuestos a la cálida luz del Bar Manolo, oliendo a tinta, a cerveza y a pura amistad.
—Tenéis toda la razón del mundo —admitió Luis, cerrando su carpeta con una sonrisa de oreja a oreja—. Sois el mejor tribunal literario que un escritor podría tener. Lo oscuro, la nostalgia y la huida. Esos son mis tres enanos. Mañana se lo plantaré a doña Elvira en su mesa y, por una vez, se le van a borrar los hoyuelos del asombro. Me habéis salvado el curso.
—No nos des las gracias con palabras, Cervantes —le guiñó un ojo Manolo, levantándose para volver majestuosamente a su puesto tras la barra de zinc—. Aquí, en el ilustre Ateneo del Bar Manolo, la crítica literaria de altos vuelos es completamente gratis, pero has de saber que el trabajo intelectual reseca muchísimo el gaznate.
—¡Mensaje captado, tribunal! —rio Luis, abriendo la cartera—. ¡Manolo, pon una ronda para mis críticos, que esta la pagamos yo y mis enanos!
Y mientras el dorado de la cerveza volvía a llenar los vasos, Carmen repartió lo que quedaba del bizcocho y don José, el párroco, que acababa de asomar por la puerta con sus ochenta años y su vitalidad de cuarentón, bendijo de paso la ronda y las bravas, porque, según él, aquel bar unía más que muchas misas. El Bar Manolo recuperó su reconfortante ruido habitual, demostrando una vez más que no hay mejor taller de escritura que una buena barra de bar, ni críticos más sabios que aquellos amigos que están dispuestos a leerte el alma, aunque te la saquen a relucir entre risas y tapas de bravas. Yo, desde la puerta, apuré el cigarro y lo apunté todo de memoria, que para eso un servidor lleva cinco años de cronista sin sueldo: en los detalles pequeños, ya lo decía, es donde se esconde la verdadera sabiduría de la vida.