93,7

93,7 FM

Esto lo he contado tres veces en cuarenta años y ninguna entera.

El 19 de febrero de 1985 salimos antes del alba hacia Arbácegui, un pueblo de Vizcaya a media hora de Durango. Llevábamos un caserío entre manos, gente que dormía allí y no constaba. Había bruma a media ladera, de esa que no moja pero se te pega a la cara y se cuela en el aliento.

A las nueve y veintisiete oímos el golpe. No fue un trueno; fue más corto, y el eco llegó de la tierra, como si alguien hubiera cerrado una puerta debajo del monte.

—Una bomba —dijo Txema.

Lo dijo sin dudar: en aquellos años todo lo que sonaba fuerte era una bomba.

Dejamos el caserío y subimos. Por la radio del coche fueron llegando las palabras sueltas: Boeing, Iberia, Madrid-Bilbao, la antena del monte Oiz. Los muertos tardaron más en tener número. El olor, no: aparecía y se iba con el viento antes de que viéramos nada. Un olor que uno reconoce sin haberlo olido nunca.

Al principio allí no había avión. Había pinos arrancados de raíz, una franja de monte abierta como con una guadaña, trozos de chapa del fuselaje clavados en vertical. Había asientos sueltos por la ladera, y en algunos todavía iba alguien, sujeto por el cinturón. Los motores seguían ardiendo.

Del tercer pino a la derecha del cortafuegos colgaba medio hombre, abierto por encima del ombligo. Lo que le faltaba estaría en alguna parte de aquella ladera. Lo que no le faltaba le caía por fuera, y la cabeza, que necesita entender algo, me llevó a la matanza del pueblo: las tripas colgadas de un palo a secar y mi tío diciéndome que no me acercara, que luego eso se come. Y Dios me perdone: no pensé pobre hombre, pensé que no me acercara. El aire lo movía despacio, igual que mueve una rama.

Me quedé debajo más tiempo del necesario. No por valor: las piernas no me respondían.

Y fue allí, debajo, donde oí el zumbido.

Era el ruido de una emisora mal cogida. O eso digo ahora; entonces no se me ocurrió nada. Un siseo con voluntad, que subía y bajaba cada pocos segundos, como si respirase. Venía de la hojarasca.

Aparté agujas de pino con la bota. Estaba boca abajo, entre dos piedras.

Era una radio pequeña, con sintonía digital. En el ochenta y cinco no las tenía nadie. La carcasa estaba partida por la esquina, con el plástico abierto hacia dentro, y sangre en la ranura del altavoz, todavía húmeda. Detrás, una calcomanía despegada por un pico: un Lancia azul y blanco, de los que se ven en Montecarlo.

A Fiti le decíamos Fiti por los coches. Era de Lugo y hablaba de coches como otros hablan de sus hijos. Me llevó en el suyo al hospital la noche que nació mi hijo, y de eso no volvimos a hablar. La radio la sacaba en todos los viajes y nos contaba lo que había costado. Según el, se la trajo su padre, capitán de la marina mercante directamente de Singapur. Nos reíamos continuamente de sus ocurrencias de buen gallego. Como cuando decía que las meigas existen y que él había visto a la Santa Compaña una vez y salió corriendo porque venían a por él. Lo decía sin levantar la voz, como quien dice que mañana va a llover.

Fiti no había venido. Se había quedado en Madrid por unos análisis que le llevaban mandando desde Navidad. Se incorporaría en cuanto se los dieran; no habíamos quedado en nada. A ser posible en tren, porque los aviones le daban un miedo que no disimulaba. Era lo único de lo que no presumía.

La pantalla marcaba 93,7. En la frecuencia no había nada. Solo aquel siseo.

Vino un cabo de la Policía Judicial con bolsas y un rotulador. Recogió un zapato, unas gafas de pasta, la radio que tenía en mis manos. Escribió la hora en la etiqueta —las once cuarenta— y precintó. Firmé yo debajo. Las once cuarenta las he mirado muchas veces desde entonces.

A mediodía aquello se llenó de ertzainas, guardias civiles y bomberos. Y decenas de ambulancias. Mi equipo éramos cuatro investigadores que habíamos subido por el ruido y ya no pintábamos nada. Lo consultamos con Madrid y nos retiramos.

Bajamos sin hablar. En el bar de la gasolinera de Durango, Txema dijo lo que todos estábamos pensando por separado: que de esos transistores en Madrid habría cientos. Yo asentí antes que nadie. Sabíamos que no, pero tampoco era cuestión de polemizar.

Luego dijo que a Fiti no le contáramos lo de la radio, que era capaz de tomárselo a mal.

Llegamos a la Comandancia de Bilbao pasadas las nueve. El piso estaba en la última planta de un edificio multiusos, cuatro habitaciones y un pasillo largo para los que veníamos de fuera; allí nos llamaban los madrileños. Para subir había que cruzar el patio y pasar por delante del centinela, que anotaba en un libro la hora y el nombre de todo el que entraba. El centinela nos conocía y nos dijo lo de siempre, que pasábamos más tiempo allí que en nuestra casa.

La habitación del fondo era la de Fiti. Seguía como la dejó.

Oímos el zumbido desde el descansillo, antes de meter la llave.

Txema también lo oyó: se quedó quieto detrás de mí con las llaves en la mano. No dijimos nada. Abrí.

Venía del fondo. Pasamos de largo la cocina y mi habitación. La puerta del cuarto de Fiti estaba entornada. Dentro, la cama hecha con la manta del cuartel y el cristal empañado por fuera.

En la mesilla estaba la radio.

Partida por la misma esquina, con el plástico abierto hacia dentro. La calcomanía despegada por el mismo pico, el Lancia azul y blanco.

93,7.

Txema no entró. Se quedó en el marco con la mano en la jamba. Era la primera vez en cuatro años que lo veía pararse delante de algo.

La cogí. Pesaba lo que pesan esas radios y estaba fría. Le di al interruptor, pero el zumbido siguió igual, como si el aparato no quisiera callarse. Probé otra vez, con más decisión, y nada: el clic sonaba, pero la radio no se apagaba.

Entonces supuse que el interruptor debía estar roto, así que abrí la tapa para quitarle las pilas, pero… el alojamiento estaba vacío. Los muelles intactos y una capa de polvo, de ese que tarda meses en posarse.

En ese momento la radio se calló.

En el pasillo empezó a sonar el teléfono. Lo cogió Txema.

—Es Fiti —dijo, pasándome el auricular.

—Oye, que no puedo subir todavía, que me tienen que hacer una resonancia. Por favor, traerme la radio, que sin ella no duermo.

—Vale te la llevamos cuando bajemos.

Justo cuando iba a colgar

—Fiti, una cosa —dije—, ¿cuándo se te rompió?

—¿Rota? Si no se me ha caído nunca. ¿Por qué?

—Por nada.