La Rambla, Córdoba, 1966.
Yo tenía diez años, estudiaba Ingreso; en aquellos años era la antesala del bachillerato, donde uno empezaba a sentirse mayor sin abandonar la niñez, y vivía convencido de saber casi todo sobre la vida. No era un pozo de sabiduría, desde luego, pero dominaba lo suficiente para desenvolverme por la campiña cordobesa sin consultar a los adultos. De hecho, vivía en Montalbán a tres kilómetros de La Rambla y, aunque mis padres me daban dos pesetas para el autobús, la mayoría de los niños nos íbamos campo a través, por la trocha, para gastarnos ese dinero en chucherías, que ya las había.
Con esa edad, antes, no ahora, tenías la iniciativa suficiente para empezar a tomar decisiones por ti solo y creerte el más listo del mundo mundial. Al menos eso creía hasta que un amigo, de los más estrechos, apareció en el colegio con una revista dispuesta a poner patas arriba mis escasas certezas.
No traía una publicación pornográfica, ni mucho menos. Era un magacín con fotografías de hombres y mujeres desnudos, cuerpos que, hasta la fecha, yo solo lograba imaginar de forma tosca, armando el rompecabezas con la información llegada por caminos indirectos: conversaciones entrecortadas, bromas de los mayores y ciertas explicaciones que empezaban con un «tú todavía eres pequeño» y terminaban justo al ponerse interesantes.
Mi amigo no anunció su llegada con trompetas, aunque ganas no le faltarían. Portaba el ejemplar escondido y actuaba con el sigilo de quien transporta documentos de Estado, planos militares o, como mínimo, la solución a los problemas del mundo. Durante el recreo, en el patio del colegio, nos congregó a unos cuantos alrededor de aquella maravilla editorial. No recuerdo quién propuso la operación ni quién vigilaba los alrededores, pero todos comprendimos al instante la necesidad del secreto. En aquellos tiempos, la discreción suponía una virtud inestimable, sobre todo a punto de cometer una travesura de tal calibre.
Nos colocamos en círculo, apretados unos contra otros, procurando que desde las ventanas o cualquier punto del recinto nadie adivinara nuestra ocupación. Si un maestro nos llega a sorprender, habría sido imposible encontrar una justificación creíble, máxime en aquellos años en que el tema del sexo es algo que te condenaba directamente al infierno. La revista se abrió.
Y entonces ocurrió.
Ante mis ojos aparecieron aquellos cuerpos desnudos, muy distintos a las imágenes mentales construidas solo con mis pensamientos, fundamentadas en lo que oyes de los niños mayores que tú. Los pechos de las mujeres me resultaron enormes, si bien es posible que yo calculara sus dimensiones con la misma falta de criterio de un niño al medir la altura de un gigante. Los hombres tampoco se quedaban atrás. Sus atributos masculinos alcanzaban unas proporciones extraordinarias, hasta el punto de hacerme sospechar durante unos instantes que la naturaleza repartía sus dones con una generosidad omitida en los libros de Ciencias.
Sin embargo, la gran revelación no residía en los tamaños. Aquello, por desmesurado que resultara, entraba dentro de lo imaginable. Lo desconcertante aguardaba un poco más abajo.
Las mujeres tenían pelo.
Sí, pelo. Allí donde yo jamás sospeché que pudiera crecer, aquellas fotografías mostraban una vegetación inesperada, una especie de secreto natural silenciado por el mundo. Hasta ese momento, mi conocimiento de la anatomía femenina rozaba un estado tan surrealista que pensaba que no tenían pelos más que en la cabeza. Sabía que las mujeres eran distintas de los hombres, por descontado, pero ignoraba que algunas diferencias incluyeran semejante detalle.
Conservo el recuerdo del asombro, aunque ignoro si llegué a expresarlo en voz alta. A los diez años uno enmudece por múltiples motivos; aquella mañana descubrí uno de fuerza mayor: existen dudas imposibles de formular ante los amigos por el pánico a delatar tu propia ignorancia.
De modo que mantuve la compostura, o lo que entonces entendía por tal. Miraba las fotografías con una concentración de estudioso, escrutando una lámina del cuerpo humano para preparar un examen. Supongo que, de exigirnos el maestro una redacción sobre la anatomía humana, aquel grupo de alumnos habría entregado el trabajo más documentado de la provincia, aunque no el de mayor rigor científico.
Ninguno quería ser el primero en admitir su sorpresa. Todos fingíamos cierta familiaridad con las imágenes, como si pasear cuerpos desnudos en la cabeza formara parte del equipaje habitual de cualquier muchacho de nuestra edad. Alguno soltaba una risa, otro lanzaba un comentario con pretensiones de ingenio y los demás asentíamos con una seguridad incapaz de resistir el interrogatorio más elemental. Si alguien llega a preguntar el significado exacto de lo expuesto ante nosotros, habríamos terminado señalando las páginas con la esperanza de que hablaran por sí solas.
La revista pasó de mano en mano con el mismo cuidado que teníamos con el libro de texto más caro. Cada página se contemplaba con una mezcla de curiosidad y temor, porque el peligro excedía la tinta impresa; radicaba en la posibilidad de ver surgir a un profesor a nuestras espaldas, exigiendo saber qué hacíamos allí tan juntos, mudos y con caras de haber visto al mismísimo demonio.
En la Andalucía profunda de 1966, al menos en el universo infantil conocido por mí, el cuerpo constituía una materia de poco hablar y mucha insinuación. Los adultos parecían atados a un acuerdo tácito para mantenernos al margen de ciertos asuntos, omitiendo explicarnos las reglas de dicho pacto. Nosotros, en respuesta, desarrollamos un sistema de aprendizaje basado en reunir fragmentos, interpretar medias palabras y dar por válidas las conclusiones que mejor encajaban con nuestras sospechas. Aquella revista vino a demostrar las lagunas de nuestro método.
Cuando sonó la campana del final del recreo, cerramos la publicación con una celeridad digna de una redada policial. Mi amigo la recuperó y volvió a esconderla, mientras el resto nos dispersábamos adoptando expresiones de inocencia inquebrantable. Regresamos a clase con los manuales bajo el brazo y la cabeza atestada de imágenes ausentes en el programa escolar.
No sé cuánto tiempo tardé en recuperar la atención. Deduzco que durante las siguientes horas hice esfuerzos titánicos por escuchar las explicaciones del maestro, si bien una parte de mi cerebro seguía ocupada intentando ordenar los descubrimientos matutinos. Si la naturaleza disponía las cosas así, ¿por qué nadie nos avisó? Y, por encima de todo, ¿cómo lograban los adultos conocer tales detalles y comportarse luego con tan pasmosa normalidad?
El tiempo me demostraría que aquel ejemplar manoseado no escondía grandes lecciones sobre el deseo o las relaciones sentimentales. Para eso harían falta otras experiencias, nuevos tropiezos y golpes ajenos al papel couché. Su verdadero logro consistió en abrir una grieta en el entorno conocido, permitiéndome atisbar una realidad oculta tras el muro de silencio erigido por los mayores.
Y yo, convencido a mis diez años de que el bachillerato me entregaría las llaves del universo, descubrí de golpe la existencia de materias para las que el colegio no tenía asignatura, el maestro carecía de respuestas y los libros, por más que se abrieran, guardaban un mutismo absoluto.
En aquel patio de La Rambla, un puñado de niños constató que la vida poseía más páginas de las encuadernadas en las mochilas, y que las lecciones memorables irrumpen sin prólogo, sin catedrático y sin exámenes a la mañana siguiente.
Lo único imprescindible era tener diez años, un buen amigo con un secreto y todo un recreo por delante.