EL HILO INVISIBLE
Mi abuelo me llamó un martes de octubre a las seis y media de la mañana. Cuando suena el teléfono a esa hora un día de diario, el cerebro tarda como dos segundos en arrancar y otros dos en darse cuenta de que las llamadas a esas horas no traen jamás buenas noticias.
—¿Abuelo? —dije, ya con un nudo en la garganta antes de saber por qué.
—Paulilla.
No hizo falta más. Me incorporé en la cama con esa lucidez bestia que tienen las malas noticias de regalarte de golpe.
—¿Cuándo, abuelo?
—Esta noche. Mientras dormía. Se ha ido sin enterarse.
Mi madre apareció en la puerta de mi cuarto antes de que yo colgara el teléfono. Las madres tienen ese sexto sentido que las despierta dos segundos antes de que pase nada. La miré sin saber muy bien qué decir, y ella entendió antes de que las palabras llegaran. A mi padre lo oímos en la cocina, cargando la cafetera. A su manera, ya lo sabía.
Salimos para La Alberca a las nueve, los tres juntos en el Audi de mi padre, que conduce con esa concentración religiosa de los hombres de cierta edad cuando van a más de ciento veinte. Mi madre llevaba en el regazo un termo y una bolsa con sándwiches de jamón york y queso, porque parece ser que la muerte tampoco te exime del pacto sagrado de los bocadillos en los viajes en coche. La radio iba puesta sin que nadie la oyera; un señor hablaba de un pleno municipal de no sé dónde con esa pasión de los tertulianos de la mañana, como si lo que estuvieran diciendo fuera a salvar el país.
Tres años antes había hecho yo sola este mismo trayecto en mi Peugeot, llevando al abuelo a su pueblo después de cobrar mi primer sueldo. Ahora íbamos rectos, sin pensar en nada, a enterrar a la mujer que se lo había quedado.
Cuando enfilamos la carretera de la sierra, ya empezaba el otoño en las laderas. La Alberca en otoño es de esas postales pintadas a mano, con todos los óxidos puestos donde tienen que estar, como si la sierra se hubiese vestido para la ocasión. Ya sé que es cursi escribirlo así, pero es que era exactamente eso. Yo iba en el asiento de atrás con la frente pegada al cristal y se me ocurrió de pronto que mi abuelo lo estaba viendo todo igual desde la ventana de la casa de Candelaria, esperándonos, y se me hizo un nudo distinto al de la mañana.
La casa estaba en la calle Barrihuelo, cerca de la iglesia. Una casa estrecha, alta, con la entrada angosta y el pasillo largo, de esas casas de pueblo donde te perdías con seis años y todavía hoy, si te despistas, te llevas un golpe contra una viga baja. Nos abrió la puerta una mujer de unos sesenta años, los ojos enrojecidos y un pañuelo hecho una bola en la mano. Era María, la hija mayor de Candelaria, que vive en Salamanca y a la que yo solo había visto una vez. Me reconoció enseguida —que para eso tengo los mismos ojos que el abuelo—, me abrazó largo, le dio dos besos a mi madre, le estrechó la mano a mi padre con esa formalidad un poco rara que se mantiene entre los suegros que no son suegros, y nos hizo pasar.
Mi abuelo estaba al fondo del pasillo, sentado en una silla de madera al lado del féretro. No se levantó al vernos. Tampoco lloraba. Tenía las dos manos juntas sobre el bastón de cerezo y se le notaba que llevaba ahí horas, porque la espalda, que él siempre lleva muy recta —de esa rectitud heroica de los hombres mayores que no saben jubilar la columna—, se le había encorvado un poco. Mi padre se acercó primero. Se besaron en una mejilla, como se besan los hombres de su familia, sin tocarse mucho. Yo después.
—Está muy guapa, abuelo.
Es lo único que se me ocurrió decirle. Lo dije porque era verdad y al instante me arrepentí, ya que sonó a lo que dice todo el mundo en los velatorios y yo quería decirle algo que solo le dijera yo.
—Está como siempre —me contestó él.
Y entonces, sin volverse, le tembló la barbilla. Me agaché, le di un beso en la coronilla, me llegó el olor de aquella colonia de barbero que usa desde que tengo uso de razón, le susurré al oído alguna tontería que ahora prefiero no repetir, y lo dejé estar.
El entierro fue al día siguiente por la mañana. La iglesia de la Asunción se llenó como solo se llenan las iglesias en los pueblos chicos cuando se muere alguien que ha vivido allí toda la vida y ha hecho de comadrona, o de maestra, o de mujer del médico, que era el caso. El cura era joven, delgadísimo, y tenía esa voz de seminario reciente, todavía con las erres muy redondas. Dijo un sermón corto, lo cual en un cura joven es ya una virtud, y me llamó la atención una frase suya sobre Candelaria que no se me ha olvidado: «que era de esas personas que sabían guardar silencios sin que se les notara la tristeza». No sé si era suya o la había leído en algún sitio, pero me pareció muy bien dicha y muy verdadera, por lo que me contaba mi abuelo de su querida Candelaria.
El cortejo subió luego hasta el cementerio, que está en lo alto del pueblo, mirando la sierra. Mi abuelo caminó a buen paso detrás del féretro, agarrado de mi brazo. La enterraron en el panteón de los Martín. Cuando bajaron la caja, el abuelo miró la tierra removida durante un rato largo. Después se inclinó —con un esfuerzo que me dio mucha pena— y dejó caer un puñado de tierra. La barbilla le volvió a temblar y luego se le quedó quieta, como si se hubiera prometido a sí mismo no llorar más en público. Y no lloró.
Esa misma tarde, después del entierro, mis padres y mis tíos —porque también había bajado mi tío Antonio desde Bilbao, y mi prima Lola con el marido— se sentaron con el abuelo en el salón a hablar de lo que llevaban ya horas comentando entre ellos en voz baja. Yo me quedé en la cocina con María, que estaba haciendo café para todos como si hacer café fuese la única manera que conocía de no romperse, y desde allí oíamos perfectamente lo que se decía al otro lado de la puerta.
—Padre, hemos pensado que ahora, lo mejor para todos…
—No.
—Padre, déjame terminar.
—Termina, hijo. Pero ya te he contestado.
Mi padre lo intentó por el lado de la salud, por el lado de la casa de Madrid, por el lado de los nietos —«que ya casi no te vemos, papá», dijo, y no era del todo cierto, pero coló—, por el lado de Candelaria —que ya no pintaba nada en La Alberca si ella ya no estaba—. Fue un golpe bajo y mi padre lo supo en el momento de decirlo, porque tragó saliva. Mi tío Antonio entró a la mitad y subió un poco el tono. Mi madre puso paz, que es lo que hace siempre. Y el abuelo, mientras tanto, escuchaba.
Cuando todos terminaron, dijo:
—Tengo noventa y cinco años. Aquí nací, aquí me he encontrado lo que creía perdido, y aquí pienso morirme. No voy a volver a Madrid para que me lleven a un tanatorio con luz fluorescente. Aquí está enterrada Candelaria y aquí me enterrarán a mí, junto a ella si los suyos me dejan, y si no, en cualquier rincón de esta tierra, pero aquí.
Lo dijo con esa voz tranquila que le sale cuando tiene una cosa muy pensada. No fue agresivo. No le hizo falta serlo.
—¿Y quién te va a cuidar, padre? —preguntó mi padre, ya con la voz del que sabe que ha perdido la batalla.
—Yo. Y si no me valgo, llamaré.
María intervino entonces. Dijo que ella bajaba todos los fines de semana desde Salamanca, que Encarna —la vecina de enfrente— tenía las llaves y siempre estaba pendiente, y que el médico del pueblo pasaba consulta los miércoles y ya conocía al abuelo de los dos años anteriores. Que aquí nadie iba a estar solo. Que esto era La Alberca, no Madrid. Lo dijo sin querer ofender, pero sonó a lo que sonó.
Mis padres se miraron. Yo miré por la ventana, porque si miraba al abuelo se me iba a notar lo que ya estaba pensando, y todavía no quería que se me notara.
Volvimos a Madrid al día siguiente sin él. Salimos al amanecer, los tres muy callados, mi padre conduciendo más despacio de lo que conduce normalmente y con el aire acondicionado a una temperatura de quirófano. Mi madre miraba por la ventanilla todo el rato; yo, en el asiento de atrás, le daba vueltas a una idea a la que no quería darle vueltas todavía. La pensaba y la apartaba. Una y otra vez, como cuando estás a dieta y miras la tableta de chocolate del armario.
Cuando llegamos, fui la primera en bajarme del coche y meterme en mi cuarto sin decir nada.
Bueno, voy a permitirme aquí un comentario porque, si no, lo que viene después no se entiende. Llevaba ya unos meses dándole vueltas a un asunto en el trabajo. Trabajo —trabajaba, mejor dicho— en una agencia de publicidad mediana, y llevaba un tiempo peleándome con mi jefa por lo que en mi sector se llama, con mucha pomposidad, «trabajo a distancia». Yo defendía que con un buen ordenador y una conexión decente podía hacer lo mío desde Mongolia; ella, que la creatividad es presencial y brota en las salas de reuniones. La cosa estaba estancada.
Esa noche, en mi cuarto, abrí el portátil, abrí el Word y le redacté a mi jefa una propuesta de teletrabajo larguísima y muy bien argumentada que era, en realidad, una propuesta encubierta de irme yo a vivir donde me diera la gana sin que ella tuviera que enterarse de los detalles. Le pedí una reunión para el lunes. Cerré el ordenador y me dormí pensando en el abuelo solo en aquella casa de la calle Barrihuelo, con las luces apagadas y el bastón apoyado contra la mesilla.
El lunes, a las once y cuarto, salí del despacho con el acuerdo firmado, una sonrisa de oreja a oreja y unas ganas locas de llamar al abuelo, aunque no lo hice porque mi abuelo a las once y cuarto está echándose la primera de sus siestas. Recordaba al abuelo defender, con absoluta seriedad y media sonrisa, que el secreto de una buena vida estaba en saber echar bien las siestas. Decía que había tres imprescindibles: la corta de media mañana, «para arrancar el cuerpo»; la de después de comer, sagrada y casi obligatoria para cualquier jubilado —porque, si no, Hacienda te quita la paga—; y, la mejor de todas, la cabezada frente al televisor antes de acostarse, que él insistía en llamar «siesta prenocturna», aunque la abuela dijera que aquello no era dormir, sino quedarse frito.
El miércoles cargué de nuevo el Peugeot —que para entonces ya tenía catorce años y un embrague que opinaba muy fuerte cada vez que cambiabas de marcha— y me fui. Mis padres no intentaron disuadirme. Solo me hicieron jurar que llamaría todos los días. Mi madre me preparó un táper de croquetas, que es la forma que tienen las madres españolas de decirte que te quieren cuando ya no saben cómo decírtelo de otra manera, y me dio dos besos largos.
—Dale al abuelo un beso de mi parte —me dijo.
—Y a Encarna otro —añadió mi padre desde el pasillo, que llevaba un rato escuchando.
Llegué a La Alberca al atardecer. Encarna había pasado a hacerle la cena al abuelo, y cuando entré con las maletas, el pasillo olía a sopa y a leña encendida y a esa mezcla de cosas que tienen las casas que viven y que las casas vacías pierden enseguida. Encarna salió de la cocina secándose las manos en el delantal, me dio dos besos como si me conociera de toda la vida —en los pueblos esto pasa con una facilidad que a mí, madrileña hasta la médula, todavía me coge a contrapié— y me anunció que ya había hecho cena para tres porque «sabía que llegarías con el estómago vacío de tanta autopista».
Mi abuelo estaba en el sillón del salón, con una manta sobre las rodillas y los pies apoyados en un escabel. Cuando me vio no se levantó —tampoco lo había hecho nunca en mi vida, así que no me sorprendió—, pero alargó la mano para que yo se la cogiera.
—Has tardado, Paulilla.
—Cuatro días, abuelo. Tampoco es para sacar el reloj.
—Cuatro días son cuatro días.
Y se quedó mirando el fuego. Encarna disimuló un suspiro y se metió otra vez en la cocina.
Pronto los días en La Alberca tomaron una forma que tampoco tenía mucho misterio. Por las mañanas yo trabajaba en la mesa del comedor, junto a la ventana que daba a la calle empedrada, y desde ahí veía pasar a los vecinos camino de la plaza, a las mujeres con la cesta de la compra, al cartero con su bicicleta —porque sí, en La Alberca el cartero todavía iba en bicicleta, igualito que en una novela ambientada en los años sesenta— y de vez en cuando a algún turista despistado consultando el móvil. Yo seguía haciendo campañas para la marca de cosméticos para la que trabajaba antes, lo cual significaba que me pasaba media mañana redactando textos sobre cómo borrar las arrugas en quince días, y eso, en una casa donde había arrugas verdaderas, daba un poco de risa. A veces, mientras le proponía un eslogan cualquiera al equipo por videollamada, miraba un instante por la ventana y pensaba: «Señora, le presento al señor Jacinto y a sus arrugas auténticas, a ver qué le venden». Pero no lo decía en voz alta, claro.
Por las tardes, después de la siesta, la obligatoria, era cuando me hablaba de ella.
No lo hacía sentándose conmigo y diciendo: «Ahora te voy a contar». Lo hacía mientras yo recogía la mesa, o mientras él mojaba un bizcocho en el café, o cuando le ayudaba a buscar las gafas, que perdía con una constancia digna de mejor causa. Las historias salían así, en pedacitos. Que el primer día que él llegó a esta casa con la maleta y la promesa, Candelaria le estaba esperando con el armario vacío y le dijo que fuese colgando las camisas por orden cronológico, «por si la última vez que las usaste tienen algún recuerdo que prefieres que descanse». Que ella se reía de los chistes malos del abuelo aunque ya se los hubiera contado quince veces, y que esa risa al abuelo le daba ganas de seguir contando chistes, lo cual no sé si era bueno o malo. Que una vez se enfadaron por una bobada —un puchero salado, creo recordar— y estuvieron dos horas sin hablarse, y luego, al hacer las paces, Candelaria le dijo: «Anda, Jacinto, que a estas alturas ni tú ni yo tenemos tiempo de estar enfadados dos horas», y a partir de ese día los enfados duraban quince minutos como mucho.
—Era como si no hubieran pasado los años, Paulilla. Cincuenta años, fíjate. Y tu abuela. Y su Tomás. Y los hijos suyos, los míos, todo. Y al final, era como si no hubiera pasado nada.
—¿Nada, nada?
Se quedó pensando un rato.
—Bueno, una cosa sí. Que ya sabíamos lo que se nos podía romper.
A Mateo lo conocí en la panadería de la calle del Carmen, una mañana de noviembre. Yo había bajado a comprar pan y un par de napolitanas, porque mi abuelo, que en Madrid era estrictísimo con la dieta, en La Alberca había decidido que ya tenía edad para no privarse de nada. Detrás del mostrador estaba un chico de unos treinta años, alto, con el pelo castaño revuelto y un delantal blanco encima de una camiseta gris, ayudando a su madre, una mujer muy menuda, muy nerviosa, de esas que regañan en voz baja como si no quisieran que se notara que están regañando. El chico colocaba unas hogazas en una balda y la madre le iba diciendo qué hogaza tenía que ir delante y cuál detrás, con un nivel de detalle que daba un poco de pena.
—Una hogaza grande y un cuarto de candeal, por favor —dije.
—¿Para Jacinto? —preguntó él, sin levantar la vista de las hogazas.
—Pues sí, ¿y cómo lo has sabido?
—Porque Jacinto es el único que come candeal en este pueblo. Los demás se los llevan los turistas.
Lo dijo sin mirarme y sin sonreír, pero con una pequeña arruga en la comisura del labio que sugería que sí estaba sonriendo, solo que por dentro. Me llamó la atención. Me lo envolvió todo en papel marrón, me cobró, me dio el cambio y, cuando ya me iba —yo ya estaba en la puerta, con el pan bajo el brazo y los dedos en el picaporte—, dijo:
—Dile a Jacinto que el sábado paso a buscarlo, si le apetece, para subir a las colmenas.
—¿Qué colmenas?
—Las que tenía con mi padre. Mi padre las llevaba con el suyo, y mi padre y Jacinto se conocían desde críos. Le había prometido subirlo un día y todavía no lo he hecho. Como me espere mucho, lo voy a tener que subir en silla de ruedas.
Me dio risa. No por el comentario, que era graciosísimo a su pesar, sino por la facilidad con la que aquel desconocido había mencionado el tiempo que le quedaba a mi abuelo sin que resultara cruel. En Madrid, hablar de la edad de un hombre de noventa y cinco años es un tabú estricto: se finge no verla. En La Alberca era una circunstancia. Asentí, le dije que se lo diría y salí. Para cuando crucé el portal de mi casa, ya había decidido que aquel chico me caía bien.
El sábado Mateo subió a por mi abuelo, en una furgoneta que olía a miel y a tomillo y a tabaco rubio, aunque el chico me jurase después que él no fumaba, que era el olor de su padre, muerto desde hacía cinco años. Yo me quedé en casa porque tenía una entrega y, también, porque me parecía que lo de las colmenas era cosa de ellos. Volvieron al atardecer, ya con frío, y mi abuelo entró por la puerta con dos tarros de miel oscura en las manos, los cachetes colorados y una cara de niño contento que llevaba semanas sin verle, desde antes de la muerte de Candelaria.
—Es buen chico —me dijo en cuanto se sentó en el sillón, mientras yo le ayudaba a quitarse las botas.
—Eso parece, sí.
—Su padre y yo nos conocíamos. De cuando éramos críos.
—Ya, eso me ha dicho él.
—Te lo digo por si te interesa.
—Abuelo, por favor.
—Nada, nada, por si te interesa, que tampoco te estoy diciendo que te cases con él.
Se rio, esa risa suya entrecortada, mitad carcajada y mitad tos, y aquella tarde, después de llevar tantas semanas sin oírla, me sonó —sinceramente— mejor que un montón de cosas.
Pasó el otoño y entró un invierno duro. Nevó mucho aquel año; los tejados se quedaron blancos durante semanas y las calles se llenaron de huellas oscuras sobre la nieve sucia. Mi abuelo había aprendido a ahorrarse fuerzas: salía menos, leía el periódico más despacio, dormía siestas cada vez más largas. Yo le miraba a veces desde la mesa del comedor, mientras escribía no sé qué eslogan idiota sobre la juventud eterna, y comprendía que aquella casa se iba a quedar muy grande dentro de poco. No se lo dije nunca. Para qué.
Mateo y yo, mientras tanto, empezamos a vernos sin habérnoslo propuesto, que es como yo creo que pasan estas cosas la mayoría de las veces. Yo bajaba a la panadería; coincidíamos en el bar Castilla un sábado por la mañana; me invitaba a subir con él a las colmenas, esta vez sin mi abuelo, «porque el frío es traidor y a Jacinto tampoco le apetece tanto como dice»; me dejaba a veces un tarro de miel en la puerta, sin nota, detalle que, si te he de ser sincera, me hacía un poquito más que gracia. Hablábamos. Yo le contaba Madrid; él me contaba la escuela rural, donde daba clases de apoyo dos tardes por semana, cuando su madre podía con la panadería sola. Le hacía mucha gracia lo de la publicidad. «¿Y de verdad cobras por escribir frases cortas?», me preguntó una vez, con esa cara de media sonrisa que ya empezaba yo a conocer. Le dije que sí, que de verdad. «Bueno, hija», me contestó, «mientras paguen…».
Una tarde de febrero, volviendo de un paseo por el camino de la fuente, paramos junto al rollo jurisdiccional y me dijo, sin haberlo preparado mucho:
—No te voy a preguntar si te vas a quedar.
—¿Y eso?
—Porque eso lo decides tú, y además tampoco depende solo de mí.
Lo miré bien por primera vez. Tenía los ojos grises, muy serios, y una manera de mirar como si esperase de ti exactamente la respuesta que ibas a darle. No le contesté. Sonreí. «Eso me lo guardo», pensé. Y seguimos andando.
Mi abuelo murió una noche de abril, casi dos años después de Candelaria. No fue dramático, ni épico, ni nada de lo que uno teme. Habíamos cenado sopa de cocido —yo había aprendido a hacerla decentemente gracias a Encarna y a un par de vídeos de YouTube, todo hay que decirlo— y un trozo de manzana asada con un poco de miel, miel de las colmenas de Mateo. Después de cenar, él dijo que tenía sueño antes de lo normal. Subió por las escaleras con más esfuerzo del de costumbre; eso lo recuerdo bien. Le di la pastilla blanca que tenía que tomar por la noche —decía que era socio honorario del Club de la Próstata—, le dejé el vaso de agua en la mesilla, le ahuequé la almohada, le di un beso. Cuando ya estaba en la puerta, me agarró la muñeca. Tenía muy poca fuerza, esa noche, en la mano.
—Paulilla.
—¿Sí, abuelo?
—Si mañana no me despierto, no llores mucho.
—Anda ya, abuelo.
—Lo digo en serio. Que ya he llorado yo lo bastante por los dos. Y, además, tu abuela me espera, y Candelaria también, y tengo bastantes papeletas de que cuando llegue allí me caiga la primera bronca de la eternidad.
Me reí, contra mi voluntad. Le apreté un poco la mano, le di otro beso —en la frente esta vez— y bajé a recoger la cocina. Antes de acostarme, subí a verlo. Dormía. Respiraba bien.
A la mañana siguiente no se despertó.
Lo enterramos junto a Candelaria. Lo decidieron los hijos de ella sin que ninguno de nosotros tuviera que pedírselo: María lo planteó al día siguiente y los demás dijeron que sí sin pensárselo. «Su sitio es ahí», fue su frase, y nadie añadió nada. Mi padre lloró todo el funeral con un pañuelo en la mano que yo no le había visto sacar nunca. Yo no. Yo había llorado en abril, esa semana entre la muerte y el entierro, sola en la casa esperando a mis padres. Cuando los enterré ya estaba seca, lo cual no quiere decir que estuviera bien, pero al menos no di ese espectáculo que no soporto en los funerales.
Mateo estuvo allí, con su madre, al fondo todo el tiempo, hasta que el cortejo se disolvió y yo me senté sola en un banco del cementerio. Entonces vino, sin decir nada, y se sentó a mi lado. Le cogí la mano. La apretó, sin apretarla demasiado, muy de él.
Mis padres se volvieron a Madrid una semana más tarde. Antes de marcharse, mi madre se sentó conmigo en la cocina una mañana y dijo lo que llevaba días con ganas de decirme.
—¿Te quedas, Paula?
—Me quedo, mamá.
—¿Cuánto?
—No lo sé.
—¿Tiene que ver con el chico de las colmenas?
Sonreí, porque a mi madre no se le escapa una.
—Tiene que ver con muchas cosas, mamá. Con él también, pero no solo con él.
Me cogió la mano por encima de la mesa, asintió, me dio un golpecito flojo en los nudillos —su forma de aprobar las cosas sin tener que aprobarlas en voz alta— y se levantó a hacer café.
Yo llamé esa misma tarde a la oficina y prolongué el teletrabajo otros seis meses; hablé con Lucía, mi compañera de piso, para decirle que se quedaba con la habitación; le saqué un favor a un primo de Mateo que tiene una empresa de mudanzas en Salamanca, para que me trajera el resto sin arruinarme. Por la tarde, Mateo apareció en la puerta con un ramo de espliego cogido del camino. No me dijo nada cursi ni me preguntó si estaba segura. Me preguntó:
—¿Empezamos?
—Empezamos.
Subo al cementerio casi todas las tardes, sobre las siete, cuando empieza a caer el sol y los pinos del valle se ponen anaranjados como si ardieran por dentro sin quemarse. La tumba está al fondo, junto al muro de piedra, con las mejores vistas de todo el cementerio. Le dejo flores —Mateo me trae romero y tomillo de los caminos, porque me ha enseñado que aguantan más que las rosas y que además huelen bien todo el rato— y me siento un rato en el banco que María mandó poner el primer mes después del entierro. María sigue bajando todos los meses, aunque ahora viene también a verme a mí, y se queda a comer en casa y me pregunta por Mateo con cierta malicia limpia.
A veces me siento en el banco y no le digo nada al abuelo. Me limito a mirar la sierra y dejar pasar el rato. Y a veces le hablo. Le cuento cosas de la casa, que estamos arreglando poco a poco —Mateo se ha empeñado en que cambiemos las ventanas porque el invierno pasado se nos congelaba el agua del fregadero— y cosas del trabajo, que dejé la agencia hace medio año y ahora colaboro con una editorial pequeña de Salamanca que me ha encargado un libro ilustrado sobre los oficios antiguos de los pueblos de la sierra, y que estoy hecha un lío porque no sé si voy a estar a la altura. Le cuento que las niñas de la escuela en la que da clases Mateo me preguntaron el otro día si me iba a casar, y que les dije que aún no, pero que, si me casaba un día, sería aquí, en la iglesia de la Asunción.
Y le cuento las cosas que no le diría a nadie más. Que sigo poniendo dos tazas en la mesa del desayuno por costumbre. Que los miércoles, al pasar por la plaza Mayor a la hora de la siesta, me imagino verlo a él de niño jugando al escondite, agachado detrás del rollo. Que Mateo me besa con una calma que yo no había conocido antes, y que esa calma yo creo que se la enseñó este pueblo, aunque a él no se lo voy a decir nunca, que luego se le suben los humos. Y le pregunto cosas de Candelaria. Me invento las respuestas, porque ya no me las puede dar él. Pero las invento como creo que él me las hubiera dado.
Cuando bajo del cementerio, ya se ha encendido la farola de la calle Castillo, esa que está rota desde hace meses y que parpadea, y el frío empieza a pegarse a las piedras. Mateo me espera con la cena hecha, casi siempre algo sencillo, una sopa, un huevo frito, lo que se nos ocurre. Comemos en la mesa de la cocina, que es chica, hablando de tonterías.
—¿Cómo estaba? —me pregunta a veces.
—Bien. Hemos hablado mucho.
—¿De qué?
—De ti, sobre todo.
—Anda ya.
—De verdad. Le caes bien.
Y se ríe, con esa sonrisa de medio lado que sigue guardando la otra mitad para cuando hace falta. Después seguimos comiendo. Fuera mueve el viento los castaños, y a veces se oyen los cencerros lejos, en el monte, donde alguien todavía está bajando un rebaño a estas horas, con la última luz.
Cuando el abuelo me llevó a La Alberca por primera vez, hace ya cinco años, me decía que el primer amor era como la primera vez que ves el mar. Que sabes que hay otros mares, pero no se te olvida la impresión del primero. Yo lo había pensado siempre como una frase suya, una de esas frases bonitas que dicen los abuelos cuando quieren parecer profundos y, en general, lo consiguen. Pero ahora, cuando hablo con él en el cementerio, o cuando Mateo me sirve un huevo frito en la mesa de la cocina, pienso que igual era más que una frase. Que igual tenía razón.
Conmigo, en cualquier caso, La Alberca ha hecho lo mismo. Aquí vine yo cumpliendo una promesa pequeña, y resulta que la promesa pequeña me dejó dentro otra que ni el abuelo ni yo sabíamos leer en su momento. Llevo ya casi tres años en el pueblo. La casa de Barrihuelo va perdiendo el olor a guiso y a leña que tenía cuando llegué; ahora tiene también olor a tinta de imprenta de los catálogos de la editorial, y a la ropa de Mateo, y a un perro pequeño y bastante feo que me he empeñado yo en adoptar, en contra del criterio de toda la familia, y al que hemos puesto Lucio porque Mateo dijo que tenía cara de Lucio y a mí me dio la risa.
Eso, supongo, también lo voy a tener que contar una de estas tardes en el cementerio, a ver qué le parece al abuelo. Espero que le haga gracia.