La memoria es un arquitecto borracho. Veinticinco años después, los detalles se pudren, pero la sensación permanece intacta: aquella humedad que se pegaba a la piel como una segunda dermis, y la soberbia de nuestros veintitantos años, creyendo que una semana de fiesta nacional equivalía a una conquista. Íbamos a Livingston. La frase sola —«el …